A tiempo para cambiar

 

¿Estás descontento con tu trabajo o quieres sentirte valorado en un equipo? Te presentamos a tres personas que decidieron dar un giro a su vida laboral.

 

Peter Woolrich

 

Durante veinte años colocando estantes y encargándose de las cajas en el supermercado de su familia en Pollença (Mallorca), José Luis-Reig, conocido como Pep, nunca pensó en el mundo académico. Fue al visitar las aulas y pasillos de las universidades de la península con sus dos hijas adolescentes cuando se sintió de pronto en casa entre libros y estudio.

Después del colegio, Pep tenía la intención de estudiar biológicas en la Universidad de Barcelona, pero le pidieron que ayudara a dirigir el negocio familiar en su lugar.

Ni siquiera ahora se había planteado estudiar. Pero se preguntaba a menudo: “¿Cuál es mi papel en la vida? ¿A dónde voy?” Pasó otro año antes de obtener una respuesta. En el colegio los niños solían ir a contarle sus problemas. Le invitaron a una emisora local, donde el entrevistador le dijo: “Eres un pequeño psicólogo”.

Pep estaba habituado a los cambios. El negocio familiar había sido en sus orígenes un aserradero, pero cuando preguntaron a Pep, que por entonces tenía 27 años, si quería quedarse a su cargo, decidió convertir el aserradero en el primer supermercado del pueblo. Años después, un día en el supermercado, se acordó de repente del comentario del presentador. Después de comentar la idea con su familia, presentó una instancia para estudiar psicología en la universidad de Palma y, a sus 46 años, fue aceptado.

Se levantaba todos los días a las 5 de la mañana para dejar el supermercado en orden antes de que llegara el personal, y después recorría los 50 kilómetros hasta la universidad.

Así durante los 4 años que duró la carrera. “Tuve que acostumbrarme al hecho de ser mucho mayor que el resto de los alumnos”, dice. “Incluso era mayor que mi profesor. Pero terminé ayudando a los demás porque tenía más experiencia vital con impacto psicológico que la teoría. ¡Sin embargo, no podía ir a todas las fiestas!”

Terminó primero de su promoción, y sus tutores le ofrecieron un puesto como investigador y docente, que sigue ejerciendo hoy mientras hace un máster en neuropsicología. Hoy de 52 años y con un nuevo empleo para los próximos dos años, añade: “Solo siento no haber empezado antes”.

Antes se pensaba que los cambios eran aceptables durante la juventud, pero en la madurez uno debía afianzarse en una profesión y no cambiar en su vida. Pero en la actualidad, a los cincuenta y sesenta se están asumiendo nuevos retos. “La satisfacción que te aporta el trabajo se convierte en un factor cada vez más importante cuando llevas mucho camino recorrido”, afirma Carolyn May, que dejó su profesión de educadora a los 58 años para montar un negocio en Gales para ayudar a otras personas a tener segundas oportunidades laborales en la vida. “No queremos pasarnos el resto de la vida lamentándonos por no haber perseguido nuestro sueño”, afirma May, que desde entonces ha seguido avanzando y ha puesto en marcha una empresa especializada en derechos de autor y diagnósticos de marketing.

Francia y Gran Bretaña parecen estar a la cabeza de esta revolución, ya que cuentan con programas destinados a contrarrestar el recelo que existe a la hora de contratar a personas mayores. El Gobierno francés ofrece incentivos a los empleadores que acepten a empleados mayores de 45 años.

“Es parte de una gran misión destinada a promover no solo el empleo de las personas mayores, sino también la integración de los jóvenes en el lugar de trabajo para garantizar la transferencia vital de habilidades entre generaciones antes de la jubilación de los nacidos durante el Babyboom”, afirma Jeanne Strausz, del Ministerio de Trabajo. “¡Los mayores son clave en la competitividad de una empresa!” En Reino Unido, la supresión de la edad fija de jubilación ha ayudado a cambiar la percepción de la vida laboral. Y la opción de recibir la pensión global a los 55 años ha abierto la puerta a oportunidades económicas para aquellos que quieren hacer un cambio a mitad de vida.

Del mismo modo, gracias a otra serie de medidas, la frágil economía se está convirtiendo en una economía positiva, a base de utilizar el despido como incentivo. “Si tienes algún dinero después de dejar un trabajo, tienes la posibilidad de crear una nueva oportunidad”, afirma el Dr. Vincent Giolito, investigador de la Solvay Brussels School of Economics and Management, que comenzó su andadura en el mundo académico a los 50 años, después de trabajar como periodista especializado en economía durante 20 años. “Muchos directivos se están convirtiendo en consultores freelance o invierten en una start-up”.

No son solo los autónomos los que están siguiendo esta corriente. Los empleadores se están dando cuenta de que los trabajadores mayores pueden aportar valiosos puntos de vista a un puesto de trabajo. El gigante británico del bricolaje B&Q, tiene una política oficial neutral sobre la edad. “El 28% de nuestra mano de obra tiene más de 50 años”, afirma su portavoz, “lo que es estupendo porque al ser propietarios de viviendas, tienen mucho que ofrecer a clientes y a personal más joven”.

Un cambio de profesión puede requerir la asistencia a nuevos cursos de formación y algunas personas se echan para atrás por el coste o por el miedo a volver a estudiar. Pero, tal y como descubrió Pep, tener más experiencia puede suponer una serie de ventajas en el aula. Desde el punto de vista económico puede ser una decisión difícil, pero como a esa edad los hijos ya se han ido de casa y quizás la hipoteca ya está pagada, puede ser la etapa menos arriesgada para intentarlo.

Barclays Bank tiene un programa destinado a animar a los empleados mayores a apuntarse a un ciclo de formación. “Es una decisión comercial y no hay límites respecto a lo lejos que podemos llegar”, afirma Mike Thompson, jefe del programa.

Las formaciones modernas duran de 1 a 5 años y combinan la experiencia retribuida obtenida en el trabajo con algunas horas de estudio a la semana. El año pasado, en Inglaterra, más de 32.000 personas mayores de 50 años se apuntaron a algún tipo de formación.

El hecho de necesitar cursos de perfeccionamiento no significa empezar de nuevo. El cambio de orientación permite utilizar las competencias de su antigua profesión, pero de forma distinta. El polaco Marek Brzezinski, mientras enseñaba e investigaba para su doctorado en psicolingü.stica, escribía también para una revista de viaje.

Marek continuó escribiendo después de terminar sus estudios a los 30 años, se casó y empezó a formar una familia. Después se mudó a Londres y más tarde a París, donde enseñaba psicología y antropología en la Universidad Internacional Schiller, complementándolo además con un trabajo en Radio France International y en la Polish Radio de Varsovia.

Pero durante todo este tiempo, Marek siempre tuvo una pasión: la comida. En París, de camino a la universidad pasaba todos los días por delante de la famosa escuela de cocina Cordon Bleu. Un día entró con la vaga idea de escribir un artículo. Pero cuando vio las cocinas, sintió una llamada para cambiar de dirección.

“A los 57 años podía combinar mis habilidades como periodista con mi pasión por la comida y convertirme en crítico culinario. Y si hago algo, quiero hacerlo bien”. Así que se apuntó a un curso de nueve meses.

Fue un gran cambio. “En la universidad estaba acostumbrado a que todo el mundo me dijera, ‘Sí, señor, no señor’, pero en Cordon Bleu era yo quien tenía que decir ‘Sí, chef, no chef’, a gritos con todos los demás alumnos, la mayoría de los cuales tenían la edad de mis hijos. Más de una vez estuve a punto de tirar mi cuchillo y marcharme, pero hay que ser valiente”.

“Recomiendo a las personas que quieran hacer un cambio, que se conozcan a sí mismas, que reconozcan su potencial y que sean realistas”, afirma. Marek se graduó en septiembre de 2012. Hoy, a los 61 años, sigue adelante y escribe una columna semanal en una revista publicada en Polonia, Alemania y Estados Unidos.

Cordon Bleu, en las escuelas que tiene repartidas en varios países de Europa, recibe a participantes mayores que se matriculan tras muchos años ejerciendo otra profesión. “A muchos de nuestros alumnos les entusiasma la comida y quieren enfocar ese entusiasmo en una nueva profesión relacionada”, afirma Sandra Messier, directora de Marketing y Comunicación. “Son más competentes en gestión y organización que los alumnos más jóvenes y, como nuestros cursos suelen ser cortos y precisos, ofrecen la oportunidad de cambiar rápidamente de profesión”.

Para algunas personas, la clave del cambio no es adquirir una nueva competencia o habilidad, sino transformar algo que siempre han hecho por placer: es decir, convertir una afición en una profesión. Tallu Konttinen pasó 30 años como directora de arte en una agencia de publicidad en Finlandia, diseñando logotipos, carteles, folletos, paquetería y demás. Cuando la despidieron en 2014, su primer instinto fue buscar otro trabajo en el mismo sector; pero entonces, se dio cuenta de que podía ser una oportunidad para llevar a una nueva dimensión su pasión por los textiles. Años antes había trabajado en una fábrica haciendo diseños para estamparlos luego en tejidos. Y siempre había dedicado su tiempo libre a la artesanía, especialmente a los textiles y muebles, asociando materiales de forma inesperada y combinando elementos tradicionales con otros nuevos.

Konttinen se matriculó en la Escuela Técnica de Artesanía de Ikaalinen. Hoy, a sus 57 años, está involucrada en proyectos de diseño y espera graduarse este año. “He aprendido que hay que ser valiente y abierto cuando te enfrentas a nuevas oportunidades”, afirma. “Sigue adelante y te sorprenderás”.

Mientras que algunas personas como Pep cambian de profesión para satisfacer un deseo largamente deseado, otras pueden estar perfectamente contentas con sus antiguas profesiones —pero se encuentran de pronto respondiendo a un cambio repentino que ofrece una nueva perspectiva. Primo Sule llegó a Reino Unido en 1974 desde su Chile natal, y estudió primero para ser profesor de educación física, antes de matricularse en Informática en la Universidad de Birmingham. La era informática estaba comenzando a despuntar y desde que se licenció le ofrecieron trabajo. Trabajó y residió en distintas ciudades europeas y fue ascendiendo profesionalmente hasta que en 1998, fue captado por Pricewaterhouse-Coopers (PwC), auditora global. Allí tenía bajo su responsabilidad a 1.500 empleados y 25 países de toda Europa, Oriente Próximo y África. “Estaba bastante contento, porque no había dos días iguales y el 99% del tiempo estaba de viaje: Nueva York, Hong Kong, etc”.

Pero en 2008, cuando su suegro empezó a sufrir demencia, se dio cuenta de lo difícil que era encontrar a alguien que le ayudara en las tareas del hogar y cocina. “No pude encontrar a nadie satisfecho o que recomendara la agencia que utilizaba”.

En 2009, cuando su abuelo empezó a necesitar cuidados y a regañadientes empezó a buscar residencias donde ingresarlo, tuvo una idea. En una de las residencias que visitó estuvo hablando con una señora durante una hora. Estaba encantada de que alguien se interesara por ella y eso le hizo sentirse bien a él. Se marchó pensando que había que hacer algo para mejorar la calidad de los cuidados de las personas mayores. A finales de año, tomó la decisión de dejar PwC para investigar el sector del cuidado de los ancianos e intentar encontrar una solución para las personas en su situación. Fue difícil. “Antes, solo estaba en casa dos o tres días al mes, pero a partir de ese momento comencé a estar todo el tiempo”, afirma. “Estaba acostumbrado a los viajes ejecutivos y a hoteles de cinco estrellas y no tenía que cocinar ni lavar. A mi mujer le preocupaba perder la seguridad económica que teníamos, especialmente porque yo no tenía experiencia en el sector del cuidado de ancianos”.

Pero Primo descubrió Home Instead, una empresa americana especializada en ofrecer cuidados y compañía. Sus clientes —o “amigos”, como prefiere llamarlos— están en sus casas y se les busca cuidadores adecuados para garantizar la compatibilidad. Primo puso en marcha una franquicia de Home Instead en Nottingham, que lleva funcionando seis años. “Los dos primeros años fueron muy duros, con una media de 16 horas de trabajo al día”, dice.

En 2013, Primo dirigió el primer taller gratuito para familiares de personas con demencia. Se le acercó una mujer para darle las gracias. Como cuidadora de su padre, había estado luchando por comprender su enfermedad y por aprender a cuidarlo.

“Aunque mi vida antes era fantástica”, dice “la satisfacción al poder influir directamente en las vidas de las personas es mucho más gratificante”.

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