Bienvenidos a la tercera revolución industrial

 

La evolución sustentada en las nuevas tecnologias

 

Julio Fernández

 

LA TECNOLOGÍA ES uno de los mayores avances en nuestra vida moderna. Nos permite una vida más cómoda, el acceso a una información cada vez más globalizada, o unas líneas de comunicación cada vez más rápidas y baratas, acordes a un mundo interconectado. Los beneficios para la sociedad se incrementan exponencialmente, así como los costes tecnológicos disminuyen de la misma forma, generando una economía de costes marginales que tienden a cero. Esto es lo que se conoce como la Ley de Moore.

Si hay un gurú en economía con capacidad de profetizar los avances tecnológicos, su impacto en la economía, la sociedad y el medio ambiente, es el economista Jeremy Rifkin. Profesor de la Universidad de Pensilvania y presidente de la Fundación de Tendencias Económicas, es el que predijo a finales de los años 80 un sistema de correo mundial, gratuito e instantáneo, que produjo el asombro de unos y el sarcasmo de otros. El Sr. Rifkin ha vuelto a la carga con su último libro “La sociedad de coste marginal cero” (2014) en el que analiza la evolución de la humanidad hacia ¨el Internet de las cosas¨, el declive del sistema capitalista, el derrumbe de la verticalidad de las estructuras empresariales tal como las conocemos, o el procomún colaborativo (una nueva forma de autogestión sustentada en las nuevas tecnologías y en la globalización de la comunicación. Una nueva forma de ¨anarquismo tecnológico¨).

Según Jeremy Rifkin, todas las revoluciones industriales obedecen a tres factores comunes: energía, comunicación y transporte. Este “trinomio” se mantiene constante a lo largo de dichas revoluciones.

La primera revolución industrial comenzó cuando el escocés James Watt inventó la máquina de vapor a finales del siglo XVIII, y esa nueva forma de energía se aplicó a distintas disciplinas. La relación entre la máquina de vapor, la imprenta a vapor y la locomotora de vapor fue el inicio de todo ese cambio industrial, que marcó las pautas de la industria moderna según la conocemos. El impacto social no tardó en llegar, con la aparición de las primeras asociaciones sindicales, la lucha de clases, o los “ludistas”, sectores de la sociedad concienciados con el perjuicio de dichos cambios y que se dedicaban a destrozar las máquinas, con el fin de preservar el trabajo manual y sus puestos de trabajo.

La segunda revolución industrial se desarrolló a finales del siglo XIX y principios del XX, cuando se empezaron a instaurar fuentes de energía como el petróleo o la electricidad, nuevas formas de comunicación, como el teléfono, la radio, o el telégrafo, y una nueva forma de transporte, el automóvil. Esta segunda revolución industrial definió unas estructuras empresariales mucho más verticalizadas y jerarquizadas. Debido a que las infraestructuras, como las extracciones de petróleo entre otras, implicaban un desembolso de capital previo tan elevado, las empresas se veían en la necesidad de jerarquizarse para obtener estructuras más optimizadas, mediante una mayor concentración empresarial que rentabilizara las inversiones iniciales.

La última revolución industrial se adecúa una vez más a este “trinomio”. Comunicación mediante Internet, una tendencia a las energías renovables y nuevas formas de transporte, como los coches eléctricos y sin conductor, o los últimos prototipos de aviones solares.

¿Qué profesiones se demandarán en este nuevo escenario laboral? Los expertos hablan de que los empleos que se mantendrán y se demandarán serán aquellos que impliquen habilidades de comunicación y un carácter innovador y creativo.

El análisis del impacto de las nuevas tecnologías en el mercado laboral se debe hacer a lo largo de diferentes franjas temporales, para entender su evolución completa:

- A corto plazo: alto paro estructural. Las empresas sustituyen perso nas por máquinas para reducir sus costes laborales y ser más competitivas. Pero genera una reducción de la renta disponible. Somos las personas y no los robots los que demandamos bienes y servicios. Nos encontramos un exceso de capacidad de producción y de oferta cada vez más barata por la tecnología, y una demanda cada vez más deprimida por el desempleo, que se podría traducir en un desplome de los precios de mercado. Es decir, trabajadores y empresas se pueden ver perjudicados. La desigualdad económica se agrandará entre la gente cuyos empleos han sido sustituidos por máquinas y aquellos que puedan mantener sus puestos de trabajo porque no hayan sido automatizados. Ante este escenario, la tensión social, económica y política es más que palpable.

- A medio/largo plazo: el mercado se retroalimenta continuamente por parte de la oferta y la demanda. La oferta genera demanda, como ya decía Jean Baptiste Say a principios del S.XIX, en la famosa de “Ley de Say”, y es algo que se manifiesta en los tiempos actuales. Por ejemplo, la oferta de cualquier producto innovador genera su propia demanda. Nadie demandaba un iPhone antes de sus creadores lo produjesen. Pero una vez producidos, demanda no les ha faltado para mantener el negocio. Pero la demanda también genera oferta, como también la oferta puede destruir formas de demanda, y la demanda otras formas de oferta. Esa es la pretensión al medio, largo plazo. La tecnología genera nuevas formas de oferta, consecuentemente nuevas formas de demanda y viceversa. A medida que la robótica se instala como un pilar básico en los medios de producción globales, se generarán otras formas de empleo remunerado para humanos para sustentar este nuevo modelo productivo. Esos “nuevos empleos” deberán estar cualificados y enfocados en torno a la robótica e inteligencia artificial. Por tanto, habrá un cambio sustancial en las profesiones en el futuro con respecto a las actuales. Se destruirán profesiones, a costa de crear otras nuevas. Pero ¿en qué proporción se crearán las nuevas en detrimento de las antiguas, y en qué condiciones?

Parte de los acontecimientos mundiales hoy están siendo guiados por estos avances tecnológicos de forma implícita. El “Brexit”, la victoria de Donald Trump, el auge de la extrema derecha en Europa o de otras políticas populistas llegan en gran medida por el descontento de una mayoría de trabajadores que se están viendo progresivamente fuera del mercado laboral debido a la tecnología.

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