Carreras en el desierto

 

Este pequeño pueblo en el interior de Australia es famoso por sus carreras 

 

David Levell  

 

Birdsville. Pocos nombres evocan lugares más recónditos del árido interior de Australia. Cerca del desierto de Simpson, al suroeste de Queensland, el remoto pueblo se encuentra en un vasto océano ocre de plantas de sal y secas salinas, completamente plano a lo largo del horizonte.  

Diminuto como es, el municipio ocupa un lugar importante en la sabana australiana por dos razones: su histórica y sinuosa carretera hacia el sur de Australia y las carreras anuales de Birdsville, sin duda el desfile más famoso de carreras de Australia. 

Prácticamente todo el año Birdsville hiberna, cocinándose en un calor que llega a los 40°C en verano. Los más frescos (pero aún calurosos) meses de mitad de año (abril-octubre) atraen un flujo constante de turistas en todoterreno. Pero con las carreras de septiembre, el primer fin de semana de primavera, la población aumenta de 115 a unas 7.000 personas. 

Caravanas, autocaravanas y tiendas de campaña pintan la zona designada para acampar. Un campo junto a la pista de aterrizaje se llena de avionetas con sus pilotos acampando bajo las alas. En las afueras del pueblo se realiza a cada vehículo un control de alcoholemia por joviales policías. Todos los vehículos son todoterrenos con antenas de radio BC, lo que se necesita para viajar tan lejos. 

El hipódromo, a un viaje en autobús a 3 sedientos kilómetros desde el pueblo, no tiene ni una sola brizna de hierba. Es tan pedregoso y polvoriento como la carretera de Birdsville. 

Los caballos se refugian de los 33°C bajo el fino tejado del establo. Cerca, la tribuna sirve para el mismo propósito para las personas. Los caballos salen del extremo más alejado de la pista. Se elevan motas de polvo mientras galopan, la única nube en un perfecto hemisferio de cielo azul. Al poco ya han rodeado la amplia curva de la pista ovalada y relampaguean a lo largo de la polvorienta recta. Unos segundos de pezuñas rasgando el suelo y ya han pasado como un rayo, provocando una explosión de emoción en la línea de meta. La escena se repite una relajada tarde, culminando con la Carrera Seis, 1.600 metros y la Copa Birdsville de 35.000 dólares. 

Fuera de la pequeña multitud y cerca de la casa de apuestas, reina la tranquilidad. Un puñado de divertidos disfraces (hombres con vestidos, latas de cerveza de cuerpo entero y chicas como ángeles o demonios) se suman al ambiente. La multitud está tranquila y feliz al tener cerveza, apuestas y unas risas. Los problemas parecen tan lejanos como Sidney o Brisbane. 

La mitad de la diversión es el esfuerzo en ir al hipódromo. Es un tipo de arte estar ahí. El simple hecho es de alguna manera una expresión de la inmensidad de Australia, que en Birdsville siempre te mira a la cara. 

 

A primera vista no parece terreno ganadero, pero las plantas de sal son un pastoreo alto en proteínas y Birdsville comenzó como un cruce del río Diamantina para los pastores del siglo XIX que llevaban ganado engordado del oeste de Queensland a los mercados al sur de Australia. La carretera de Birdsville recorre 518 kilómetros de esta ruta del desierto entre Birdsville y Marree, Australia del Sur, donde una línea férrea inaugurada en 1884 conecta con Puerto Augusta. 

El origen del nombre es un misterio, podría ser la deformación de Burtsville, nombre de un almacén abierto sobre 1880 por el pastor pionero Percy Burt. Otros dicen que debe su nombre a la sorprendente variedad de aves, incluso gaviotas, encontradas a 750 kilómetros de la costa más cercana. Ambos relatos podrían ser ciertos. 

Sea cual fuera, el nombre ya estaba creado en 1882 cuando comenzaron las carreras de Birdsville. Más de 150 personas, principalmente ganaderos, vinieron de diferentes lugares aquel septiembre para ver una docena de carreras en tres días de carnaval. Después, en la tienda de Burt, las partes interesadas formaron el club que aún administra las carreras hoy, con beneficios que ahora van al Royal Flying Doctor Service (Servicio Médico Aéreo Real). 

Entonces, la gente del pueblo superaba en número a los visitantes de la carrera. Unas 300 personas llamaron hogar a Birdsville durante sus primeras dos décadas, casi el triple de la población permanente actual. No fue solo el florecimiento del comercio de ganado. A solo 11 kilómetros de la frontera con Queensland, Australia del Sur, Birdsville era un vital punto aduanero en una época en la que las colonias se cobraban unas a otras por mercancías y peajes en el movimiento de suministros. 

Después de que en 1901 la federación aboliera esos cobros, Birdsville se redujo a unas 20 personas para mediados del siglo XX, pero el cruce hacia Marree y las carreras se mantuvieron. 

Y así lo hizo el Hotel Birdsville, corazón del pueblo desde 1884. Un modesto edificio de piedra de una sola planta con vistas al campo de aviación en el centro del pueblo, ahora es uno de los bares más emblemáticos. 

Si quieres hacerte una foto dentro, es costumbre lanzar primero una moneda o dos a un contenedor colocado en lo alto de una pared: una donación para el Royal Flying Doctor Service. Sombreros clavados en el techo son otra tradición. 

En julio de 1939 el hotel fue el punto final para el geólogo y explorador Cecil Madigan en su expedición científica a camello a través del desierto de Simpson. Esta expedición, que también tuvo lugar en la enorme salina seca del lago Eyre, impulsó la idea de que la región era el “corazón muerto” de Australia, solo un desierto desolado. 

Sin embargo, fue hogar para un puñado de almas resistentes, como el cartero Tom Kruse, cuya dura labor fue inmortalizada en el aclamado documental “The Back Of Beyond” (1954). Partiendo de Marree quincenalmente, Kruse luchó contra pantanos de arena, arroyos desbordados, ejes rotos y pinchazos de ruedas mientras transportaba en camión el correo y las mercancías en medio de un calor abrasador en mitad de la nada. 

La historia de Kruse dejó la carretera de Birdsville en la mente del público como el último desafío del interior. Y a medida que el turismo en el interior avanzaba lentamente, las Carreras de Birdsville se convirtieron en emblemáticas de la ciudad. Conducir por la áspera carretera de gravilla y ver las carreras era celebrar una cualidad esencial de Australia. 

Claramente aún lo es, incluso si los pura sangre, los corredores de apuestas y las fascinantes mujeres son ahora parte de esa celebración. El hotel Birdsville es un fin de semana de carreras sin parar. El canalón de fuera se llena de latas de cerveza brillando al sol del atardecer. Esa imagen ocupa media calle. El atardecer atrae a bandas a los jardines tocando clásicos del rock australiano que retumban en el desierto. 

Al otro lado de la calle asoma la carpa principal de la marquesina de la Compañía de Boxeo de Fred Brophy. Este es el único espectáculo de este tipo en Australia, y tal vez en todo el mundo, ya que el boxeo en carpa ha sido prohibido en Estados Unidos, Reino Unido y Australia, excepto en Queensland y el Territorio del Norte. 

En una plataforma exterior, Fred, cuarta generación de showman, golpea un gran tambor mientras invita a los presentes, hombres y mujeres, a pelear contra alguno de sus boxeadores por tres rounds de un minuto.

Dentro la atmósfera es electrizante, todos con los ojos en el ring. La música martilleante silencia el golpeteo de los guantes mientras los valientes retadores pelean con su ropa de calle sin protecciones. Pelean lo mejor que pueden, pero ninguno puede derribar a un boxeador de la compañía. Golpeados y ensangrentados, al menos se llevan los aplausos de la multitud. 

En el calor del momento, su bravuconería parece llevar una chispa del espíritu de luchadores como Kruse enfrentándose a los despiadados elementos. Aplanada regularmente, la carretera de Birdsville es más manejable, pero sigue siendo indomable. En clima seco, un todoterreno moderno puede con la carretera sin pavimentar, con aire acondicionado y una buena suspensión, pero quedarse atascado en el fango y pinchar las llantas por la gravilla siguen siendo riesgos reales. 

La primera parada (y la única gasolinera) en el camino es Mungerannie, un restaurante de carretera con alojamiento, a 315 kilómetros al sur de Birdsville, en Australia del Sur. Otros 150 kilómetros por la carretera, el camping Clayton Wetlands presume de tener ducha artesiana caliente de manera natural que quita el frío extremo de una mañana en el desierto. 

El amanecer en Clayton ofrece una sutil sinfonía de diversos y gloriosos cantos de aves. Se han registrado más de 100 especies, y un paseo por este verde oasis te dejará ver cacatúas Galah, cuervos y milanos volando en círculo. El carnaval de la vida aviar invade la maleza a lo largo del lecho de un arroyo seco tatuado con huellas de canguro con su inconfundible marca de cola arrastrada. 

Los últimos 53 kilómetros de la carretera culminan en Marree, donde conecta con la carretera de Oodnadatta. Al contrario del imponente pero acogedor Hotel Marree, de 1883, el oxidado camión de correo de Tom Kruse se encuentra estacionado junto a la vía de ferrocarril en desuso que alguna vez transportaba carne bovina de Birdsville a puertos lejanos. Con su tarea original finalizada hace mucho, estas reliquias continúan mostrándose como atracciones turísticas de la zona. 

Pero Birdsville y su carretera nunca se han basado en glorias pasadas. Big Red, una enorme duna de arena situada a 35 kilómetros al oeste de Birdsville, marca el inicio del desierto de Simpson. Con 40 metros de altura, es la duna más oriental de las 1.140 dunas rojas paralelas, y ofrece magníficas vistas de las llanuras adyacentes. 

Cada julio desde 2013, el Big Red Bash ha atraído grandes conciertos de rock y música country australiana para el festival de música más remoto y quizás más pintoresco del país. 

Este año, alrededor de 9.000 personas acamparon junto a las dunas para ver a The Angels, Hoodoo Gurus y John Farham, entre otros, que llevan su música a las profundidades del desierto. Voces y guitarras suenan en el mal llamado “corazón muerto” que, para cualquier ojo avispado, nunca deja de revelarse como una explosión de vida. 

Birdsville, al parecer, siempre encontrará nuevas formas de florecer.

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