EL LARGO CAMINO A LA LIBERTAD

 

“Este viaje no ha terminado, aunque haya vuelto a casa”, dice el editor de nuestra edición holandesa 

 

Texto y fotos de Paul Robert  

Bajando la rampa de cemento del “monumento nacional de los linchamientos”, una serie de columnas de hierro oxidado se elevan a mi alrededor desde el suelo. Cada una tiene tallado un nombre, un lugar y una fecha. Cuando avanzo, cientos de ellas se van levantando a mayor altura hasta estar suspendidas del techo como la terrible “extraña fruta” de la que cantaba Billie Holiday a finales de los treinta (“cuerpos negros balanceándose en la brisa sureña, extraña fruta que cuelga de los álamos”). Sobre la hierba junto a este mórbido pasillo veo más columnas oxidadas, alineadas como sarcófagos que están esperando a que los entierren. Esta perturbadora instalación conmemora a las cerca de 4.400 víctimas de linchamientos, los negros asesinados en Estados Unidos por hordas de blancos entre 1870 y 1950. Los turistas a mi alrededor, blancos y negros, guardan silencio, incómodos. 

Oficialmente conocido como el Monumento Nacional por la Paz y la Justicia, fue fundado por la Iniciativa por una Justicia Igualitaria en Montgomery (Alabama) y se inauguró en 2018. Es uno de los sitios más importantes del Sendero de los Derechos Civiles, una red nacional de sitios históricos, monumentos y museos de los derechos civiles que están principalmente en los estados del sur. Es junio de 2019 y he venido desde Holanda a visitar algunos de ellos, y a aprender. Este es el primer día de mi recorrido en coche por Alabama, Tennessee y Mississippi, en el que también conoceré a veteranos de las protestas y campañas de los sesenta. 

Antes de mi viaje, me sorprendí al enterarme de la existencia de esta red de lugares. Después de todo, el sur es más conocido desde fuera por su conservadora política social y por las acusaciones de reprimir el derecho electoral de las minorías. Ya había visitado la zona con anterioridad y disfrutado de su hospitalidad, pero evité hablar con los locales de temas como religión y política. Y ahora la región estaba promoviendo su nuevo Sendero de los Derechos Civiles entre los turistas. Creí que sería una buena excusa para volver, armado de un sano escepticismo. Pero ese escepticismo fue lo primero que perdí. 

No es coincidencia que se haya instalado un monumento nacional a los linchamientos en Montgomery: la capital de Alabama ha tenido un papel central en la historia más oscura de Estados Unidos. En el siglo XIX fue un importante centro norteamericano de tráfico de personas. También fue la primera capital de los estados confederados cuando se separaron de la Unión en 1861, dando inicio a la Guerra Civil estadounidense. Y en los cincuenta y sesenta fue un centro de resistencia ante la sistemática segregación racial. 

Por todo el centro de Montgomery, se encuentran huellas del pasado. Paso junto a la residencia del primer presidente confederado, Jefferson Davis; la iglesia Baptista en la avenida Dexter donde Martin Luther King, Jr., predicó; y el lugar donde detuvieron a Rosa Parks en 1955 por rehusar a ceder su asiento en el autobús a un pasajero blanco. 

En el centro de la ciudad también está el museo Legacy, fundado por la Iniciativa para la Justicia Igualitaria, la organización no lucrativa detrás del monumento de los linchamientos; lucha contra la encarcelación masiva que tanto afecta a las personas de color y que la organización vincula directamente al legado de la esclavitud. El museo Legacy se encuentra en una antigua “bodega” de esclavos. La muestra abre con hologramas de esclavos a tamaño real en blanco y negro; comienzan a hablar cuando pasas junto a las celdas del siglo XIX donde se proyectan los hologramas. 

Sus historias se basan en testimonios reales que fueron registrados a principios del siglo XX por antiguos esclavos. En una esquina, el holograma de una mujer canta en voz baja una canción espiritual, y de otra celda vienen voces infantiles que lloran: “Mamá, mamá….” Es escalofriante. 

La siguiente sección del museo aborda el mercado trasatlántico de esclavos, llevado a cabo por hombres de Inglaterra, España, Francia, Portugal y, sí, mi lugar de origen, los Países Bajos, entre los siglos XVII y XIX. Es un oscuro periodo que, con frecuencia, los europeos consideramos parte de la historia norteamericana, y no nuestra. 

Cerca de la salida hay grandes fotos del movimiento de los derechos civiles de los sesenta. Una en la que unos adolescentes blancos gritan furiosos a un estudiante negro al entrar a su escuela hace que de pronto me percate de que el malestar que estoy sintiendo desde mi visita al monumento a los linchamientos se está transformando en verguenza. No es una distante escena de la historia. Es mi generación, y eso me convierte a mí, persona blanca, en representante de la parte culpable. Es la primera vez que soy tan consciente de mi propia raza. 

Si estos lugares me están impactando a mí, me pregunto cómo deben afectar a los afroamericanos. Así que le pregunto a una anciana cercana. “Hace que quiera llorar”, dice con una triste sonrisa mientras sus ojos se llenan de lágrimas. Me cuenta que ella creció aquí durante los sesenta y recuerda los abusos. Ha vivido al norte de Estados Unidos los últimos 40 años y es la primera vez que vuelve, de vacaciones. Está contenta de ver que lugares como este y que el sur esté progresando. Luego, antes de alejarse, me dice: “Gracias por preguntar”. Sus palabras son extrañamente tranquilizadoras, y olvido preguntarle su nombre.

A la mañana siguiente me reúno con Dianne Harris en Selma (Alabama), a 80 kilómetros al oeste de Montgomery. Harris tenía 15 años en marzo de 1965 cuando cientos de ciudadanos negros cruzaron el puente Edmund Pettus hacia Montgomery para exigir su derecho al voto. Fueron bloqueados al otro lado de aquel puente por el comisario, sus oficiales y una cuadrilla de granjeros blancos y patrulleros estatales fuera de servicio a caballo. Tras el bloqueo violento de los manifestantes, 17 fueron hospitalizados. Fotos del “Domingo Sangriento” aparecieron en periódicos y revistas del mundo. 

Harris, que se refugió con su hermano en una iglesia, ahora trabaja como guía turístico en Selma, y siempre incluye una visita a su Centro Interpretativo, cerca del puente. Confiesa que le preocupa que la generación más joven afroamericana sepa tan poco de lo que vivieron sus abuelos. En parte culpa de los comités escolares, que mantuvieron el tema fuera del programa de estudios, según dice, aunque la educación sobre los derechos civiles en Alabama ha mejorado notablemente desde los días en los que Harris trabajaba como maestra. “Pero también es nuestra culpa. Nosotros tampoco se lo enseñamos. Quisimos olvidar esos días”. Por eso, dice, ahora les cuenta la historia a los niños de sus programas educativos, a sus grupos de turistas, y a todo el que quiera escucharla. 

Dejo Selma y conduzco unas cinco horas en dirección noroeste hasta Memphis, Tennessee. Aquí es donde Martin Luther King, Jr. fue asesinado en 1968 de un disparo desde el otro lado de la calle cuando estaba en el balcón del motel Lorraine, que ahora es un museo de los derechos civiles. Veo a una familia afroamericana haciendo fotografías, posando alegres, levantando los pulgares, debajo del balcón donde King murió. Me recuerda una desconexión similar fuera de la Casa de Ana Frank en mi ciudad natal, Ámsterdam. 

Mi viaje ahora me lleva al sur, hacia Jackson. En vez de tomar la ruta más directa de tres horas, doy una vuelta más pronunciada, hacia el oeste, a través del delta del Misisipi, la planicie entre los ríos Misisipi y Yazoo. Lugar de origen del blues —la música de los esclavos que durante años trabajaron aquí a marchas forzadas—, el delta es caliente y húmedo. Las plantas de algodón jóvenes se yerguen a 20 centímetros de altura en los interminables campos de árboles que ahora son labrados con enormes máquinas. Paso la penitenciaría estatal de Misisipi, conocida como la Granja Parchman, la infame granja prisión que se extiende por unos 120 kilómetros cuadrados a lo largo de la carretera 49. A la derecha veo las barracas de la prisión. Las señales de la carretera advierten que aquí no está permitido bajar la velocidad o detenerse bajo ninguna circunstancia. A principios de los sesenta, aquí fueron encarcelados más de 300 de aquellos activistas llamados Viajeros de la Libertad. Conoceré a uno de ellos, Hezekiah Watkins, al final de mi viaje. 

“No puedes culpar a los niños de hoy por no interesarse”, me dice Flonzie Brown Wright cuando nos reunimos en el pequeño centro conmemorativo en el que convirtió una antigua tienda de Canton, un pueblo aletargado de 12.000 habitantes, a unos 40 kilómetros de Jackson. Esta activista de 78 años fue la primera comisaria electoral afroamericana de Misisipi, en 1968. Ahora, la población afroamericana de Misisipi tiene más representación local que cualquier otro lugar del país, según me cuenta. Pero no tiene ningún poder. El “pucherazo”, la práctica de redibujar estratégicamente los distritos electorales asegura que el control del estado quede en manos de blancos conservadores, opina. “Las escuelas de los niños negros siguen siendo inferiores”, dice. “El estado decide el programa escolar”. En un libro de historia que se utiliza en la mayoría de los distritos escolares de Misisipi, solo cinco de sus 100 páginas están dedicadas a la lucha por los derechos civiles, según un informe publicado en 2017. 

Lo que se necesita, según Brown Wright, es una nueva generación de líderes negros con poder. Y, aunque apoya a los grupos como Black Lives Matter, la campaña global y que originalmente se inició como protesta ante la violencia contra los negros, idealmente, opina, esta nueva generación de líderes incluiría a personas como Martin Luther King, Jr. y aquellos que trabajaron con él y lo apoyaron. Y no la versión de King que, como dice, hoy se celebra —la de un soñador pacifista—, sino la del brillante activista y estratega que fue en realidad. Aun así, se mantiene optimista: “Debo serlo. Los esclavos nunca perdieron la esperanza. Sobrevivieron gracias a la esperanza” 

Al irme, le pregunto si ha considerado retirarse de la consultoría de marketing y de la fundación de becas escolares que dirige. Responde, “no hasta que se vaya el número 45”. Se refiere a Donald Trump, el cuadragésimo quinto presidente de Estados Unidos. Rehúsa pronunciar su nombre. 

Flonzie Brown Wright me lleva a conocer a Glen Cotton, nieto del dueño de una llamada “casa escopeta”, que sirvió de refugio de los Viajeros de la Libertad a principios de los sesenta. Los Viajeros de la Libertad eran activistas negros locales y voluntarios blancos del norte que intentaron forzar al sistema de autobuses Greyhound a abandonar la segregación rehusando a seguir las reglas que separaban a los asientos por raza. Cotton convirtió la casa en un pequeño museo privado dedicado a los Viajeros de la Libertad y a la historia de la comunidad negra local. Me muestra fotos de activistas célebres que estuvieron aquí, incluyendo a King y a Medgar Evers, el auxiliar administrativo de la Asociación Nacional para el Progreso de las Personas de Color (NAACP, por sus siglas en inglés) al que dispararon en su casa en Jackson en 1963. Luego Cotton me enseña un retrato de un grupo de hombres de negocios bien vestidos. “Esa era la asociación de negocios negros”, explica. 

“Antes del fin de la segregación estábamos mejor”, continúa. Al ver mi sorpresa describe a la animada comunidad empresarial negra que existió aquí hasta los sesenta, cuando la clase media negra tenía tiendas, cines, restaurantes y funerarias, y cuando los médicos y abogados negros servían a la comunidad. Cuando llegó el fin de la segregación y los afroamericanos obtuvieron el derecho a ser servidos en establecimientos blancos mejor equipados, la clase empresarial negra sufrió y muchas tiendas acabaron en bancarrota. 

“Pero, por lo menos”, añade Cotton, “las relaciones raciales están mejor aquí en el sur que en el norte”. Ahora me sorprendo de verdad, pero insiste, y otro visitante afroamericano que se ha unido a nuestra conversación está de acuerdo. Escucharé más de esto en mi siguiente y última parada: Jackson. 

En el estupendo y nuevo museo de los derechos civiles de la capital estatal, me reúno con Hezekiah, “Heck”, Watkins, de 71 años. En 1961, con 13 años, fue con un amigo a la estación de autobuses Greyhound, en Jackson, para ver llegar a los Viajeros de la Libertad, sin saber que los habían detenido antes de que llegara el autobús. De pronto, su amigo lo empujó hacia dentro de la estación, donde la policía lo confundió con un manifestante. Lo encerraron en el corredor de la muerte. Cinco días después fue puesto en libertad. 

Watkins creció en una calle que separaba un barrio blanco de uno negro. “Los niños jugaban juntos, pero cuando cumplimos seis años, fuimos a escuelas distintas. Y con 12, teníamos que llamarlos “señor” y ellos nos llamaban “chico”. 

En 1955, Emmett Till, de 14 años, fue torturado y linchado en Misisipi por supuestamente silbar a una mujer blanca, pero la madre de Watkins lo protegió de este horror. Debía bajar la mirada cuando se acercara una persona blanca, y no podía jugar en calle. “Mi madre me advirtió que nunca mirara el trasero a una mujer blanca, ni sus ojos”, dice con una sonrisa. “Pero yo no sabía por qué”. 

Después de su detención accidental, su ingenuidad fue reemplazada por una visión clara de la terrible injusticia racial del sur. Lo convirtió en activista. Más tarde, su madre le permitió unirse a los Viajeros de la Libertad. Esto resultó en 108 detenciones, convirtiéndolo en el activista más detenido en la historia del movimiento de los derechos civiles. 

En 1965, parecía que la lucha terminaría en victoria. Primero, la administración de Johnson firmó el Estatuto de los Derechos Electorales, que garantizaba el derecho a voto a los afroamericanos del sur y, más tarde, el Estatuto de los Derechos Civiles terminó oficialmente con la segregación. Sin embargo, no terminó con el racismo, ni eliminó la brecha de riqueza. Según Watkins: “Necesitábamos igualdad, pero recibimos integración”. 

Aun así, Watkins confirma lo que me dijo Glen Cotton: las relaciones raciales son mejores en el sur que en el norte. Para tratar de encontrar sentido a esto, llamo a Charles “Chuck” Ross, profesor de historia y estudios afroamericanos de la Universidad de Misisipi. Ross creció en Ohio y ahora trabaja en el sur, así que debería saberlo por experiencia. “En el sur”, dice, “el racismo es abierto. Si ves una furgoneta con una bandera rebelde, sabes que el dueño tiene un problema con la gente negra. En el norte está más oculto: no puedes relajarte”.

El sur se ha visto obligado a lidiar con su oscuro pasado. “Aquí, el cambio ha sido más profundo”, dice. El sur está progresando al lidiar con el pasado a través del activismo, monumentos y museos, mientras que en el norte actúan como si no hubiera pasado nada. 

En un largo vuelo de vuelta, pienso en el paralelismo con mi país, donde las muestras abiertas de racismo en los estadios de fútbol son fuertemente condenadas, pero cualquier discusión de nuestro pasado colonial, incluyendo el mercado de esclavos, es acallada porque debilita nuestra imagen idealizada de la “era dorada” holandesa del siglo XVII. También donde el racismo oculto se traduce en menores oportunidades laborales y de vivienda para las personas de color. Es algo que siempre he sabido, pero que, de alguna manera, experimenté en ese momento de intensa conciencia de mi raza en el museo Montgomery y me hizo entenderlo a un nuevo nivel. 

Este viaje no es como otros viajes. No terminará cuando aterrice.

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