El mensajero del cielo

Durante los 196 días que pasó a bordo de la Estación Espacial Internacional, este astronauta tomó conciencia de la extraordinaria fragilidad ecológica de nuestro planeta.

 

Julien Wicky      

 

Thomas Pesquet es una rara avis, de aquellas que han podido ver la Tierra desde una altura en la que no hay vida. Entre noviembre de 2016 y junio de 2017, este astronauta francés pasó 196 días, 17 horas y 50 minutos en la Estación Espacial Internacional (ISS). Desde allí arriba, entre unos sesenta experimentos científicos y dos salidas al espacio para realizar reparaciones, hizo miles de fotografías del planeta que desfilaba ante sus ojos. Compartidas en las redes sociales, sus imágenes le han convertido en una estrella y ha conseguido dos millones de seguidores. Sus fotos muestran sobre todo la belleza de la Tierra, pero también los estigmas de su destrucción. Un grito de alarma llegado del cielo…  

 

Julien Wicki : Desde su regreso a la Tierra ha demostrado su compromiso con la causa medioambiental. ¿En qué sentido esta experiencia en el espacio ha sido el detonador? 

 

Thomas Pesquet : Para ser sincero, desearía que todo el mundo pudiera ir al espacio. A 400 kilómetros de altura se adquiere una enorme perspectiva. Con solo una mirada a todos los continentes, se percibe de manera especial los efectos negativos de la actividad humana. Y aunque yo ya estaba teóricamente convencido, todo se vuelve más perceptible. Esto me impactó. 

 

Sus miles de fotos le han convertido en un denunciante. ¿Es necesario viajar al espacio para calibrar el estado de emergencia? 

En la Tierra nos dedicamos exclusivamente a la teoría, hablamos de fenómenos que nos sobrepasan totalmente. Las escalas temporales y geográficas que utilizamos para comprender lo que sucede a nivel planetario quedan fuera de nuestro alcance. Las corrientes oceánicas que sufren modificaciones, los glaciares que se deshielan, todos estos lugares donde nunca iremos, es intangible. Queremos creerlo, pero nos queda un poco lejos, es prácticamente virtual. Cuando de golpe lo vemos claramente con nuestros ojos, la conciencia se apropia inmediatamente de ello. 

 

¿Qué ejemplos concretos le han impactado especialmente? 

Las desembocaduras de los grandes ríos son sintomáticas de la contaminación. Recuerdo el Río de la Plata, en Buenos Aires, así como otros muchos lugares, sobre todo en China. Hay ciudades, como Pekín, que no pude nunca fotografiar porque el cielo estaba siempre oscuro. También se ve en las talas de los bosques, basta remontar los ríos, especialmente en la Amazonia, donde se advierten claramente decenas y decenas de franjas desbrozadas, como una barba poblada afeitada con cuchillas de afeitar. El deshielo de los glaciares es más evidente en cada misión. 

 

¿Puede hacer, por su condición de astronauta, algo más que constatar el alcance del deterioro? 

La función de un astronauta en la ISS es en principio realizar experiencias científicas; a priori no puede actuar para la mejora del planeta. Por consiguiente, el espacio está sin duda en primera línea de esta lucha. En principio podemos tener este papel de testigos, que no es poco. Pero también desde allí arriba podemos observar la altura de las olas, la salinidad de los océanos, la concentración de gases de efecto invernadero en la atmósfera, el agujero de la capa de ozono, la temperatura global, el deshielo de los glaciares. Otras tantas variables climáticas determinantes en la lucha por el medio ambiente. Técnicamente podríamos incluso comprobar si se respetan los compromisos climáticos y comprometernos a que se cumplan a rajatabla. 

 

El clima-escepticismo está de moda, igual que las teorías conspirativas. ¿No cree que el discurso de alguien que ha vivido a 400 kilómetros de la Tierra y ha viajado a 26.000 km/h es incomprensible? 

No me lo han dicho personalmente, pero entiendo estas teorías que cuestionan incluso la aventura del hombre en la Luna. Es difícil y frustrante porque estas personas se alimentan de las mismas teorías aisladas. Tienen la sensación de que forman parte de una mayoría. Sin embargo, no se puede ganar este combate sin estar informado y limitarse a negar incluso lo evidente. Es necesario responder con la educación. Hubo un tiempo en que la gente pensaba que la Tierra era plana. Es el regreso de una moda, un pequeño caos en el largo viaje del progreso. 

 

La sensación de “ser una insignificancia en el universo” es meramente teórica para la mayoría de nosotros. ¿cómo lo describiría? 

Cuando uno despega de la Tierra se da cuenta de que la nada nos rodea. Dirigir la mirada al fondo del universo es escalofriante, lo contrario de la vida. La analogía con la Tierra era evidente cuando viajaba en mi nave Soyuz rumbo a la ISS. El habitáculo es apenas más grande que un Fiat 500, y el viaje duró más de 40 horas. Es un bote salvavidas a 200 kilómetros de altura. Allí no eres nadie y piensas para tus adentros que no hay gran cosa entre la vida y la muerte. Lo mismo sucede con la Tierra. Bajo nuestros pies, en este inmenso abismo, hay esta pequeña bola de vida que avanza. Se multiplica, posee todos los colores, es magnífica. Es una pequeña balsa en un gran viaje alrededor del Sol. La embarcación es muy frágil, pero cuando montas en ella no te das cuenta de su fragilidad. Este planeta es una nave inmersa en un viaje intersideral con 8.000 millones de astronautas a bordo. 

 

Una nave que debemos cuidar… 

Evidentemente. Al igual que en la ISS, es necesario mantenerla y utilizar razonablemente los recursos. Es necesario entenderse con compañeros de equipo que no has elegido. La analogía parece muy simple, pero una vez estás arriba se convierte en evidente; uno adquiere conciencia de todo eso.

 

¿Qué sentido tiene entonces ir a Marte o volver a la Luna si hay tanto que hacer aquí? 

Son museos con millones de colecciones. Y nosotros solo hemos estado cinco minutos en la tienda de souvenirs. En Marte se puede leer una historia muy antigua. No existe tectónica de placas, no existe erosión. Sin embargo, dado que hay muchas probabilidades de que este planeta se haya parecido en una época a la Tierra, la cuestión fundamental es buscar allí lo que ha sucedido aquí. El origen de la vida se encuentra escrito sin duda en el suelo. Y quizás podremos comprender por qué ha desaparecido esta vida, o al menos el agua en su forma líquida. No es una banalidad preguntarnos si podríamos correr la misma suerte. Dicho esto, no quiero en absoluto dejar entrever que existe un plan B al ir a Marte. Cuando el empresario estadounidense Elon Musk dice que él irá allí en 2024, es falso. Quizás sea posible hacerlo en 2050 o 2060, pero se tratará de un viaje científico y para nada de una colonización. 

 

¿Encuentra a faltar el espacio? 

Lo que encuentro a faltar es la calma. Aunque ahí arriba se trabaja muchísimo, todo es bastante sencillo. Me resulta más difícil controlar mi vida en la Tierra que en el espacio. Y las vistas de mi despacho de Colonia no son ni mucho menos tan bonitas…

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