En busca de los cátaros

 

Habitaciones secretas, tesoros escondidos, superstición del solsticio y el Santo Grial... incluso los ovnis forman parte de esta narrativa del absurdo que rodea a la tierra de los cátaros   

Texto Y fotos : Paul Robert    

 

 

“En caso de duda, ve siempre hacia arriba”,pienso cuando me detengo junto a un pequeño riachuelo de montaña, incapaz de encontrar dónde continúa mi camino. Es el primer día seco tras una semana de lluvias constantes en las laderas de los Pirineos, y el empinado sendero entre bosques esta mañana está tremendamente enfangado. Es un alivio continuar a través de este curso poco profundo de aguas claras y rocas.  

Es una ascensión de dos horas hasta la cima de la montaña en esta primera fase de recorrido de 17 kilómetros por el ‘Sentier Cathare’, sendero de los cátaros, una red de rutas centenarias a pie, entre más de una docena de castillos en ruinas en el sureste de Francia. 

Sigo el curso del riachuelo unos 100 metros hasta que vuelvo a reconocer el sendero y sigo por mi embarrado camino hasta donde continúa la ruta hasta Roquefixade. En la cima, tengo vistas por primera vez al valle e incluso puedo ver el punto de destino a lo lejos: una roca sobre el valle con el pequeño contorno de una ruina en lo alto. 

Mientras me dirijo a Roquefixade, el cielo gris se aclara. La lluvia de la semana pasada ha remitido y la previsión para la última semana de la primavera que tengo por delante es buena: tiempo seco y cada vez más soleado.  

 

Cerca de la espina dorsal de la cordillera montañosa, el suelo está seco y las zonas de barro son escasas. Disfruto ahora mientras paso por zonas de bosque y prados, acompañado por distantes sonidos de cencerros. 

Entonces llega la recompensa del día. Sobre las rocas se encuentran las ruinas de Roquefixade, con un orgulloso estandarte rojo en la parte superior de la muralla con una cruz amarilla en el centro. He visto esa cruz antes, en las tiendas de recuerdos de Foix, en los mapas de estilo medieval y en las postales. Es raro, porque por lo que leí preparando este viaje, los cátaros de la Edad Media no reconocían la cruz, instrumento de tortura, como el símbolo de su particular rama del cristianismo. Así que, ¿de dónde viene? Mientras subo a las ruinas y a la cima y luego bajo al pueblo donde voy a pasar la noche, decido dejar la pregunta para el día siguiente, cuando me reuna con un historiador local en mi próximo destino, el castillo de Montségur.

Paso la noche en la ‘gîte d’etape’, una pequeña pensión de comidas para los senderistas que siguen el Sentier Cathare. Cuando le pregunto al dueño, durante el desayuno, si el tramo que me espera ese día presenta algún problema, repite una palabra que también escuché ayer: “Boue”, dice, “beaucoup de boue”. Tiene un agradable sonido aliterante, pero no presagia nada bueno. “Barro. Un montón de barro”. 

Y eso es exactamente lo que encuentro. Durante la primera hora, mientras sigo la cima de la montaña, el camino es fácil, pero a medida que desciendo en dirección a Montferrier y me adentro en el bosque, el sendero se convierte en un tobogán de barro que me llega a los tobillos. Cuando al fin llego de nuevo a suelo firme y me siento en una roca para comer, puedo ver Montségur, en la distancia, alzándose 1.207 metros sobre el paisaje. 

Es media tarde cuando llego al aparcamiento, a 200 metros bajo la cima. Solo hay dos coches. Cuatro turistas están haciendo un pícnic junto al poste que conmemora la tragedia que tuvo lugar aquí el 26 de marzo de 1244, cuando 225 cátaros fueron quemados vivos para poner fin a una campaña de 35 años en contra de su herejía por orden de un papa que se hacía llamar Inocente (ver recuadro). 

Debido a esta historia de terror del asedio de Montségur y su ardiente final, este castillo se ha convertido en el eje central de una fantástica historia e incluso de un culto que rodea a los cátaros, explica Tristan Bergerot, historiador de 33 años, cuando nos encontramos en el interior de las ruinas. 

Me lleva a la mazmorra del castillo, donde comienza a explicar el diseño original. Después señala una pila de rocas que está en el suelo. “¿Ves esas piedras?”, dice. “Un grupo de más de 20 chavales cavó un agujero ahí porque estaban convencidos de que encontrarían una habitación secreta. Les había dicho que no había nada, pero volvieron en mitad de la noche para cavar”. 

Bajo el muro norte del castillo, Tristan explica cómo 100 hombres armados se las arreglaron para defender a los cátaros durante siete meses del asedio de 3.000 soldados. Pero, al final, el pueblo fortificado cayó y fue destruido, cuenta Tristan. “Las ruinas que ves ahora pertenecen al castillo que fue construido por la gente del norte 40 años después y abandonado en el siglo XVII”. 

Los supervivientes del asedio fueron interrogados por la Inquisición. Los que dijeron ser católicos fueron enviados a las mazmorras. Los cátaros, 225, fueron obligados a saltar a una gran hoguera situada a los pies de la montaña. 

“Conocemos todos los detalles de los interrogatorios y de las ejecuciones gracias a los archivos de la Inquisición”, cuenta Tristan mientras bajamos hacia su coche. 

Estos archivos son también la fuente del confuso término “les parfaits” (los perfectos) que a menudo se utiliza para los cátaros. Los cátaros nunca se denominaron a sí mismos ‘perfectos’. Fue la Inquisición quien se refirió a ellos de esa forma, pero para dar a entender que eran herejes ‘perfectos’ que cumplían todos los requisitos para ganarse un hueco en la hoguera. 

“Por cierto”, añade Tristan, “no tienes ni idea de cuántas personas vienen aquí para hacer una visita y terminan confiándome que son una reencarnación de un cátaro de Montségur”. Después, añade riendo: “Y es siempre el mismo cátaro, por supuesto: el bonhomme, su líder espiritual. Nunca es una persona corriente”. 

 

Nos subimos al coche de Tristan y nos dirigimos al pueblo de Montségur para encontrarnos con su mentor y compañero de investigación, André Czeski, un arqueólogo autodidacta de 71 años que ha pasado los últimos 35 excavando en el suelo de Montségur y sus alrededores. Todos sus descubrimientos y hallazgos fueron publicados recientemente en una importante revista científica, Montségur, Nouveau Regard, mientras que su compañero más joven los ha trasladado a una representación en 3D de alta tecnología que explica cómo eran originariamente el castillo y el pueblo. 

“No existen restos religiosos de los cátaros en Montségur”, explica Czeski, “ya que no utilizan cruces ni creen en reliquias. Lo único que encontramos son objetos domésticos”. André recuerda cuando encontró una simple lámpara de aceite: “era un objeto tan común de la época que de repente me sentí completamente conectado con las personas que la habían utilizado.” 

 

Pero esa falta de pruebas tangibles ha dado lugar a una fantasía insondable. Pregunto por el estandarte y otros objetos extraños que he visto, incluido un mazo de “cartas del tarot cátaro” en una tienda de recuerdos. 

Los dos investigadores sonríen con remordimiento. Es todo culpa de Napoleón Peyrat, explican. Peyrat era un pastor e historiador del siglo XIX que desenterró la historia de los cátaros de la oscuridad histórica y la publicó en 1872. “El problema es que inventó todo tipo de cosas”, afirma Tristan. “Hablaba de habitaciones secretas y de un tesoro de los cátaros. Después, un ocultista llamado Joséphin Péladan, afirmó incluso que el Santo Grial podría estar escondido en Montségur.” 

“Realmente no sabemos quién inventó la idea de la cruz cátara”, añade André, “Los cátaros no tienen cruz”, afirma, “la cruz era el símbolo del conde de Toulouse y más tarde se convirtió en la bandera de Languedoc y hoy de la región de Occitania”. 

Peyrat y Péladan alimentaron la imaginación de los contemporáneos románticos, pero su obra también llevó a la formación de sectas inspiradas en los cátaros, a la búsqueda del Santo Grial por parte de los nazis y a la ceremonia del solsticio anual en las montañas por parte de hippies. 

André y Tristan anhelan que el esperado reconocimiento de Montségur como Patrimonio Mundial de la Humanidad por la UNESCO ayude a dar relieve a la verdadera historia de los cátaros y a atraer más visitantes a esta zona rural de Francia, en los Pirineos.  

 

A la mañana siguiente, la guía Ingrid Sparbier me lleva a otra de las ruinas famosas de la región, Montaillou, el castillo protagonista del libro que, con el mismo nombre, escribió el historiador Emmanuel le Roy Larudie. 

Subimos hasta las ruinas desde el pueblo, rodeamos el perímetro y después bajamos la colina por el bosque, los prados y el campo. Hace un día maravilloso de finales de primavera y muchas de las flores únicas de los Pirineos están aún floreciendo. Ingrid señala unas pequeñas orquídeas singulares en la ladera y me muestra una planta pequeña con unas flores amarillas aún más pequeñas en un racimo que es marrón por arriba. “Se llama la tête brûlée, la cabeza quemada’”, me dice. “Parece un nombre adecuado para una planta cátara,” bromeo. Ingrid también ríe y dice: “Sí, pero no creas que todos los cátaros murieron quemados. No todos.”  

 

Al final de la semana, mi último día de senderismo me lleva a dos de las más sobrecogedoramente bellas ruinas de castillo que he visto en mi vida: Queribus y la casi impronunciable Peyrepertuse. Una vez más, no son los castillos originales del periodo cátaro. Fueron reconstruidos por los franceses y utilizados como línea defensiva contra el cercano reino de Aragón, antes de ser abandonados. 

El verano ha llegado de repente, y hay casi 28 grados cuando comienzo un duro ascenso de casi tres horas hasta Queribus. Pero me aguardan unas vistas magníficas del valle. Puedo ver Montségur a lo lejos, por un lado, y Peyrepertuse por el otro, un enorme castillo que apenas se distingue porque se difumina con las rocas. 

 

Hace demasiado calor para caminar los 10 kilómetros hasta Peyrepertuse, así que decido ir en coche. El último tramo de 15 minutos colina arriba desde el aparcamiento del castillo ya es suficientemente duro. Pero cuando entro, me alegro de haber dejado este castillo para el final. Empequeñece todo lo que he visto antes, por su tamaño y magnificencia. 

De pie en la torre de Peyreperturse miro hacia abajo y diviso un paisaje que realmente merece un lugar en la lista de la UNESCO, donde aparecen maravillas como el Machu Pichu y el Taj Mahal. Me siento en la muralla y abarco los cientos de kilómetros cuadrados de colinas, pueblos, picos nevados de los Pirineos en el horizonte, castillos a lo lejos. Y entonces comprendo lo que debió haber movido a los románticos del siglo XIX que crearon las bases de la narrativa cátara del absurdo: si alguna vez existió el Santo Grial, este habría sido el lugar perfecto para buscarlo. 

 

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Los cátaros 

El catarismo apareció durante el Imperio Bizantino en varias zonas de Europa, en el siglo XI. Los cátaros negaban la autoridad de la Iglesia Católica, rechazaban la cruz por ser un instrumento de tortura y creían que la única huida a un ciclo eterno de reencarnaciones era una vida de absoluta pureza tras un solemne sacramento como el consolamentum. 

Solo encontró tolerancia y un seguimiento particularmente fuerte en lo que hoy es el sureste de Francia. Allí, catarismo y catolicismo convivieron durante décadas. Incluso había debates públicos entre sacerdotes católicos y ‘bonhommes’ (buenos hombres) cátaros. 

En 1209, el Papa Inocente III ordenó a un reticente Felipe II, rey del norte de Francia, que exterminara a los herejes cátaros en una cruzada. Los cátaros, que eran muy pacifistas, estaban protegidos por la nobleza local de Languedoc. La cruzada se convirtió en una guerra de conquista y en una serie de terribles crímenes que comenzaron con la masacre de la población de Béziers en un día, en 1209. 

Luego los católicos conquistaron ciudad tras ciudad y los señores occitanos se retiraron a sus fortalezas en las montañas, como Roquefixade, donde los cátaros buscaron protección. Su derrota definitiva se produjo en Montségur en 1244.  

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