Frenar a las Garrapatas

 

Aunque la enfermedad de Lyme y otras transmitidas por garrapatas están al alza en Europa, las autoridades aún no saben cómo afrontar el problema 

 

Lisa Fitterman 

 

UN DÍA HACE SIETE AÑOS, Gitte Larsen despertó con jaqueca. El dolor no cedería en una semana ni en un mes. Tampoco en un año ni en dos ni en cinco. Ese malestar se convertiría en el funesto polizón que la acompañaría a lo largo de una angustiosa travesía por Dinamarca —y el mundo— para recuperar su salud.    

 

De complexión alta y delgada, Gitte, una mujer “de vanguardia”, se encontraba en la mejor etapa de su vida. Acababa de cumplir 40 años y se dedicaba a pronosticar tendencias de salud. Vivía con su marido, dos hijas y un perro en una zona campestre llena de árboles al norte de Copenhague. Los médicos le habían diagnosticado de todo: desde fibromialgia hasta hipotiroidismo.

Pero el tiempo pasó y la paciente, de 47 años, se debilitó tanto que no pudo seguir trabajando. Decidieron mudarse a un piso en Copenhague para estar más cerca de los médicos. Gastaron todos sus ahorros con la esperanza de hallar una cura.

Y entonces, en 2015, mientras Gitte describía sus síntomas ante un grupo de personas con trastornos metabólicos, alguien comentó que lo suyo parecía enfermedad de Lyme. Había oído que las garrapatas saltaban de los ciervos a las mascotas o a los humanos para transmitir la enfermedad a través de sus picaduras. Pero ella tenía el hábito de revisar al perro metódicamente después de pasearlo por el campo. Sabía que esos bichos, al ser diminutos, planos y oscuros, podían quedar ocultos en el pelo de los animales hasta hartarse de su sangre.

Tampoco recordaba haber notado una lesión cutánea que, según las autoridades sanitarias, caracteriza a la enfermedad. Llamada eritema migratorio, recuerda a los tableros de tiro al blanco y su presencia es señal de que una garrapata ha infectado al sistema con la bacteria borrelia.

En Dinamarca, los médicos insistían en que no padecía la enfermedad de Lyme. Desesperada, en enero de 2016, viajó a Augsburgo, en Alemania, donde el Dr. Armin Schwarzbach la estudiaría en su clínica, un centro especializado en la detección de enfermedades transmitidas por garrapatas. Los resultados confirmaron que la borrelia se estaba manifestando de múltiples formas en su organismo: reumatismo articular; neuroborreliosis; dolor de cabeza; cansancio debilitante y psicosis de Lyme, que produce síntomas psiquiátricos, como la depresión. ¡Por fin! Gitte había descubierto la causa de sus males.

 

LAS GARRAPATAS existen desde hace millones de años. Al pertenecer a la familia de los arácnidos, saben bien cómo trepar sigilosamente a la piel de sus víctimas, esa piel que luego anestesian para no despertar sospechas. Los nombres de las diferentes especies de garrapata parecen sacados de una pesadilla con personajes de Harry Potter: ixodes ricinus, dermacentor reticulatus, hyalomma marginatum.

Los casi 30 agentes patógenos que se alojan en ellas son muy reales y peligrosos. Pueden causar desde encefalitis hasta tularemia, una enfermedad altamente infecciosa que afecta piel, ojos, boca, ganglios linfáticos y pulmones. En Europa, el problema más común es la borreliosis de Lyme, cuyo nombre hace alusión al pueblo estadounidense donde, en 1975, se diagnosticaron varios casos en masa y se identificó a la bacteria causante.

Según estimaciones de los centros estatales de epidemiología, en Estados Unidos se registran 329.000 casos nuevos al año. Las autoridades reconocen que la cifra tal vez se encuentra por debajo de la realidad. Y es que no siempre se hacen informes de las infecciones. Al otro lado del Atlántico, el Centro Epidemiológico Europeo (ECDC, por sus siglas en inglés) calcula que se han presentado 360.000 casos de este tipo en las últimas dos décadas. ¿Por qué tanta diferencia?

Tal vez porque el ECDC no se encarga de rastrear los casos ni de concentrarlos en una misma base de datos. Según Anca Paduraru, portavoz de la organización, es responsabilidad de cada país recopilar estadísticas.

En España, por ejemplo, la borreliosis de Lyme no es una “enfermedad de notificación obligatoria”, por lo que solo existen estimaciones: 0,25 casos por cada 100.000 habitantes al año. Y en Alemania sencillamente no hay un registro del número de afectados. Algunas regiones, como Baviera, han optado por calcular la incidencia de la enfermedad por sus propios medios.

A pesar de todo, en 2015 el ECDC lanzó una campaña para concienciar sobre las enfermedades transmitidas por garrapatas. El esfuerzo consistió en distribuir folletos en salas de espera de consultas médicas, farmacias y centros sociales. Este año, la organización emitirá un informe sobre la capacidad de respuesta de los países ante este tipo de enfermedades.

Para los especialistas como el Dr. Schwarzbach, la falta de datos es una llamada de atención. Las garrapatas, afirma, son como jeringuillas sucias, porque a pesar de su diminuto tamaño albergan miles de virus y bacterias capaces de causar terribles daños durante mucho tiempo. “Cada vez vemos más garrapatas en Europa. Y eso se debe al aumento de temperatura en el continente”, asegura. “Lo que significa que, aunque la tierra esté cubierta de hielo y nieve, ya no se congela”.

Hasta hace algunos años, resultaba imposible encontrar garrapatas en los Alpes, a más de 700 metros sobre el nivel del mar. Hoy los parásitos proliferan a alturas que alcanzan los 1.500 metros, señala Jean-François Cosson, experto en medicina veterinaria y ecología evolutiva del Instituto Nacional de Investigación Agrícola (INRA, por sus siglas en francés), en Francia. “Debido al aumento de las temperaturas, la vegetación ahora crece en zonas montañosas más elevadas, lo que atrae a los venados, uno de los vehículos favoritos de las garrapatas”, afirma.

Para hacer frente a la amenaza, cada vez mayor, el INRA y el Ministerio francés de Salud lanzaron una aplicación gratuita e interactiva para teléfonos inteligentes, Signalement TIQUE, que permite rastrear a estos pequeños parásitos e informarse sobre las medidas a tomar en caso de picadura, afirma Cosson.

En Escandinavia, las garrapatas han llegado hasta zonas del norte nunca antes vistas, dejando casos de encefalitis en Laponia, cerca del Círculo Polar Ártico. Y todo por el cambio climático. En España, en La Rioja, los especialistas ya no se limitan a luchar contra la enfermedad de Lyme. También se enfrentan a casos de fiebre exantémica causada por rickettsia, una bacteria que se transporta en las garrapatas. Es la primera vez que se registran infecciones atribuibles a la especie rickettsia monacensis en humanos.

El Dr. José Antonio Oteo, jefe del Departamento de Enfermedades In fecciosas en el Centro de Investigación Biomédica de la Rioja, señala que la respuesta oficial no basta. “Se requieren apoyos para desarrollar pruebas microbiológicas sensibles y específicas. Y también podríamos limitar la cifra de animales de gran tamaño que transportan a las garrapatas y exacerban el problema”.

 

UNO DE LOS ASPECTOS clave de la enfermedad de Lyme es la dificultad para un diagnóstico. La herramienta de detección más socorrida es el enzimoinmunoanálisis de adsorción, que permite identificar anticuerpos asociados. Pero según distintos estudios, esa prueba no es exacta pues arroja resultados incorrectos o variables en un 50 por ciento de los intentos.

Como sus aguerridos ancestros hace miles de años, las bacterias de la borrelia son expertas en tácticas de supervivencia. Cambian, se ocultan y se adaptan para aprovechar las debilidades del huésped. Por eso cuesta tanto trabajo hallarlas. A veces se atrincheran en una articulación; otras, en el corazón o el hígado. Ése es el origen de la controversia con respecto a la prueba de detección. Quienes la defienden, afirman que, dada su alta sensibilidad, la herramienta permite detectar solo linfocito T reactivo (se desarrollan en una glándula llamada timo) en la muestra evaluada. Pero, ¿y si no?

El enredo no acaba ahí. Otros expertos descartan el diagnóstico automático cuando el paciente no presenta una lesión cutánea.

Durante años, el enfoque de los médicos estadounidenses emulaba la lógica de los europeos: sin sarpullido no hay enfermedad. Además, se pensaba que la infección sólo ocurría de vez en cuando en los estados del noreste. Pero las cosas han cambiado. Aunque los expertos aún no se han puesto de acuerdo con respecto a la existencia de una variante crónica de la enfermedad, por lo menos ahora el Centro Nacional de Epidemiología de Estados Unidos recomienda recetar antibiótico a los pacientes de sintomatología dudosa. Aunque las pruebas diagnósticas arrojen resultados negativos.

Algunos estados se están sumando a la iniciativa. En 2013, por ejemplo, se aprobó una ley de transparencia diagnóstica en el Estado de Virginia, que obliga a los médicos a informar a los pa Incientes sobre la posibilidad de padecer el trastorno a pesar de tener resultados negativos en la prueba.

En Europa, los protocolos de tratamiento se basan en las anticuadas directrices de la Sociedad Estadounidense de Enfermedades Infecciosas, según las cuales basta con recetar antibiótico un mes para acabar con el problema. En 2016, la Cámara Nacional de Verificación de Directrices, órgano administrado por el Departamento Estadounidense de Salud y Servicios Humanos, retiró el documento de la base de datos en donde se concentran las guías actualizadas de práctica clínica basada en evidencias. En su lugar, incorporó las recomendaciones de la Sociedad Internacional contra la Enfermedad de Lyme y Trastornos Asociados (ILADS, según sus siglas en inglés). El texto, de 2014, considera la posibilidad de que los pacientes no mejoren de inmediato y recomienda tratamientos más largos o, en los casos crónicos, varios ciclos de antibióticos.

Algunos médicos han sido suspendidos por adoptar esos enfoques. El Dr. Kenneth Sandström, de Suecia, perdió su licencia para ejercer cuando el colegio de médicos de aquel país se percató de que llevaba cinco años tratando pacientes con borreliosis sin respetar las directrices aprobadas.

Para Gitte Larsen, esa suspensión nos hace perder de vista lo impor tante. Después de años de errores y sufrimiento, los enfermos están encontrando alivio en enfoques poco convencionales. Se niega a revelar el nombre del médico danés que la está ayudando. Y es que las autoridades podrían sancionarlo; sus miedos son fundados. “Sé muy bien que no todos los pacientes con enfermedad de Lyme presentan el sarpullido clásico y que las autoridades están rezagadas. También sé que haré lo que pueda para evitar este dolor a otros”.

El Dr. Christian Perrone, jefe del Departamento de Enfermedades Infecciosas del hospital universitario de Raymond y Poincare en Garches, al oeste de París, dice que las cosas están empezando a cambiar. Relata historias de pacientes que, tras tomar antibióticos dos o tres semanas, fueron dados de alta sin estar curados. Algunos han buscado ayuda en otros países. Otros se han suicidado.

“Existe escepticismo respecto a la existencia de una variante crónica de la enfermedad. Se descalifica a los pacientes que insisten. Les dicen que el problema es mental. Me parece escandaloso”, apunta.

El Dr. Perrone ha dedicado gran parte de su vida profesional a llamar la atención, dentro y fuera de Europa, respecto al estado crónico de la enfermedad de Lyme. El problema, con todas sus manifestaciones fisiológicas y neurológicas, existe y urge hacer algo. “Los hospitales deben contar con pabellones especiales. Y es necesario incorporar los últimos adelantos de la ciencia a nuestra práctica”.

En Alemania, el Dr. Schwarzbach coincide con el Dr. Perrone al hablar de su lucha a favor de los enfermos. “Médicos y pacientes debemos trabajar juntos, asistir a conferencias e incluir a los veterinarios y otros grupos de interés. La unión hace la fuerza”.

Las personas con años de sufrimiento están respondiendo. Matthias Lacoste, ex analista financiero, fundó un movimiento llamado El Derecho a Sanar, después de que le diagnosticaran la enfermedad de Lyme en diciembre de 2015, trece años después de haber empezado con síntomas. En esos años le hablaron de esclerosis múltiple, artritis reumatoide y cáncer. Tuvo que tomar corticoesteroides y someterse a quimioterapia. Todo para nada. Padre de dos hijos, Matthias vive en un pueblo de Francia.

Ya son 700 personas que se han unido al grupo. Y la cifra crece. “Estamos comprometidos con la causa. El movimiento se está volviendo internacional”, afirma. A sus 35 años, este activista expresa su frustración debido a las medidas tomadas por las autoridades, que concentran los esfuerzos en la prevención y dejan de lado el diagnóstico y tratamiento. También protesta contra el hecho de que las aseguradoras no cubren los gastos.

Quiere recuperar la capacidad de recoger a sus hijos, correr por el parque, dormir toda la noche. Quiere que pasen días o semanas sin sentir dolor.

De vuelta a Copenhague, Gitte Larsen, recurre a aceites de cannabis y distintos alimentos para paliar los síntomas. En octubre, participó en la fundación de un movimiento llamado DanTick. Sabe que la mejor, y tal vez única herramienta para generar cambios es la actitud proactiva.

“Si queremos que estas nuevas enfermedades se aborden adecuadamente, tendremos que empezar de cero. Los sistemas de salud están muy atrasados”, afirma. “Los políticos siempre son los últimos en cambiar de opinión. Será una larga lucha”.

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