Lo que aprendí En la Floristería

 

Años después de una trágica pérdida, Alisha Gorder por fin encontró consuelo en las historias ajenas 

 

Alisha Gorder

de The NEw York Times 

 

Mi primer día en la floristería, me presenté en sandalias. El segundo día, al darme cuenta de que necesitaba algo cerrado en la punta, llevé unos bonitos zapatos bajos de cordones. El tercer día, comprendiendo que estaría más cómoda sin tanta elegancia, estrené unas zapatillas de deporte Converse de lona roja que había comprado expresamente para el trabajo. Sus impecables puntas blancas iban bien con mi inexperiencia en la tienda: cuánto tardaba en hacer los ramos de flores, cómo sufría para envolver con papel los tallos sueltos de modo que el ramo estuviera bonito o al menos presentable.

—Es como ponerle un pañal a un bebé —me dijo alguien para ayudar, pero eso tampoco lo había hecho.

Mi sueño de trabajar en una floristería había nacido en el jardín de mi abuela, siempre en flor, donde hacía ramos de lo que tuviera a mi alcance. Pero esa experiencia no me preparó para la infinidad de cubos que tendría que limpiar ni para la tierra que tenía siempre metida debajo de las uñas.

Sobre todo, no estaba preparada para la gente, desde el hombre que cada martes les daba tres flores a tres desconocidos hasta el invitado a una cena de Acción de Gracias que les envió un ramo a sus anfitriones después de robarles un cubierto de plata. Sus historias se entretejían con la mía y me rondaban la cabeza mucho después de cerrar la tienda.

Siempre disfrutaba leyendo las tarjetas que iban con cada ramo. La mayoría eran lo que cabía esperar, llenas de “Te quiero” y “Mejórate pronto”. Recibíamos tantas solicitudes de “Feliz cumpleaños”, “Feliz aniversario” y “Pienso en ti” que los pedidos telefónicos se abreviaban: F.C., F.A., P.E.T.

Pero otras mostraban más talento, como “Adiós a tus antiguos [pechos] y bienvenida la nueva Megan”.

Una vez tomé un pedido por teléfono de una docena de rosas amarillas y una tarjeta que dijera “Siento ser un idiota”.

—¿Está seguro?

—pregunté.

—“De tu Pato”

—añadió él.

—¿“Pato”, como el animal?

—Sí.

Me reía de los mensajes que me parecían demasiado empalagosos, trillados o aburridos, y me deprimían los clientes que preguntaban qué debían decir sus tarjetas de pésame. Pero entendía que dar con las palabras justas puede ser una tarea formidable, y a veces resulta que todo el mundo usa esas mismas palabras.

Llevaba unos seis meses en ese trabajo cuando me topé con un mensaje que me asombró por sincero: “Las tarjetas y las flores parecen insuficientes cuando perdemos a alguien, pero estás en nuestros pensamientos y queremos que lo sepas”.

Esa nota me dejó pensando mucho.

Cuando tenía 18 años, el chico que desde hacía dos era mi novio se colgó de una viga en su garaje. Fue el primer chico al que besé, el primero al que quise, la última persona con la que hablaba por la noche y la primera por la mañana, hasta que un soleado día de noviembre me despertó una llamada de su madre.

La gente me envió tarjetas, no me acuerdo de lo que decían, pero lo importante era el gesto. Quizá decían “Mi más sentido pésame” o “Lamentamos tu pérdida”. Para mí todo se reducía a cuatro palabras: Se fue para siempre.

Empecé a pensar que su muerte era algo que me había ocurrido a mí, un acto que él había cometido teniéndome presente por algo que yo había hecho o dejado de hacer, y tardé años en romper con ese hábito.

Cuando entré a trabajar a la floristería me había deshecho un poco de mi desencanto y amargura. Ya no usaba sus camisetas para dormir y había renunciado a responder preguntas sin respuesta, casi todas versiones del implacable “¿Qué habría podido hacer yo?” Siempre había algo, pero, al mismo tiempo, nada, y había aprendido a vivir con eso.

Me había mudado de ciudad, había terminado la universidad y querido a otro chico. Estaba más abierta al dolor y la felicidad de los demás, sentimientos que antes me irritaban por igual: el dolor porque me tocaba muy de cerca y la felicidad porque me parecía muy lejana. Empecé a interesarme por las historias ajenas, y cuanto más me enfrentaba con la vida en toda su belleza y fealdad, más me dulcificaba.

He vendido flores a hombres y mujeres solos; padres de familia daltónicos con hijas precoces; parejas con hijos recién nacidos, abuelos, tías y tíos; a novios de veintitantos años y parejas que celebran sus bodas de oro. He dado flores a hombres sin hogar que a su vez se las han dado a chicas bonitas con vestidos veraniegos. Una vez le regalé una rosa a un payaso de nariz de goma roja que conducía una furgoneta con música por los altavoces y moviento un títere de un mono por la ventanilla. Las personas compran flores cuando están enamoradas, en dificultades, borrachas, destrozadas o emocionadas, y a veces sin razón aparente.

Solo a veces me tocaba saber cómo terminaba la historia. Ayudé a un hombre joven a comprar flores para una mujer con la que salía, y me dijo que pronto le propondría matrimonio en un viaje que iban a hacer juntos al extranjero. Lo recuerdo porque llegó buscando las flores más fragantes: alhelíes, azucenas, nardos.

Pasé con él 15 minutos caminando por la floristería, aspirando cada flor. Fue la primera vez que me pasé el día oliendo una flor, aunque llevaba horas trabajando.

Volvió a los seis meses. Le volví a enseñar las flores más perfumadas; mientras él hundía la nariz en cada una, me hablaba de su mujer, ya embarazada.

Al principio me impresionaba la facilidad y frecuencia con que los clientes me hacían partícipe de sus vidas, pero no tardó en ser la norma.

“¿Para qué es el ramo?”, preguntaba yo, como parte de mi trabajo.

“Aniversario”. “Cumpleaños”. “Solo porque sí”. Pero de vez en cuando: “A lo mejor peco de indiscreto, pero estoy saliendo con mi ex mujer”. Y así, sin más, me veía enfrascada en una charla sobre lo que se siente al salir con tu ex cónyuge.

Tomaba notas de esas conversaciones, hacía fotos de las tarjetas y les contaba mis anécdotas favoritas de la floristería a compañeros de trabajo, familiares y amigos, pero olvidé muchas cosas. Se me escapan los detalles, y a veces me parece que cuanto más me esfuerzo en retenerlos, más se desdibujan.

Eso me volvía loca. ¡Qué vergüenza

—pensaba— reunir tantas historias solo para dejarlas escapar como el agua entre las manos ahuecadas! Pero aprendí que lo bonito estaba en que siempre habría más, y eso hacía más aceptable la pérdida.

¿Por qué mandamos flores? ¿Para suplir lo intangible: esos sentimientos que no podemos retener con las manos y entregar a nuestros seres queridos como si fueran regalos? ¿Y por qué los objetos que elegimos para materializar —la docena de rosas rojas, las fragantes azucenas blancas, los esbeltos tulipanes— son tan efímeros? Guárdalos demasiado tiempo y terminarás con un montón de pétalos marchitos, polen y agua pestilente.

Tras la muerte de mi novio me dediqué a buscar la curación emocional. Escribí cartas y las quemé. Fui a psicoterapia. Practiqué yoga y probé la meditación. Me mudé a Colorado y luego a Oregon. Fui a muchos lugares y a todos ellos lo llevaba conmigo. No he podido desprenderme de él.

Hay una foto que le hice pocos días antes de mudarme para ir a la universidad, dos meses antes de que muriera. Tiene la cara vuelta, oculta a la cámara, pero me gusta pensar que está sonriendo.

Recuerdo la canción que estábamos escuchando, el croar de las ranas a través de la puerta con mosquitera, mis pies descalzos sobre la madera. Preciados momentos aún más preciados porque ya se fueron. Ahora mido los meses por las flores de la estación: girasoles en julio, dalias en agosto, escaramujos y flores de arce en octubre, pino en diciembre, jacintos en marzo, peonías en mayo.

Una de mis favoritas es la magnolia tulipán y el modo en que brotan las flores y de estas una alfombra de color en los prados, todo en cuestión de semanas, mientras nievan flores de cerezo. ¡Qué sorprendentemente bonito puede ser lo temporal!

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