Un hombre y su cruz

 

Este mes se celebra el Día Mundial de la Cruz Roja. Esta es la historia de su fundador, Henry Dunant 

 

Corinne Chaponnière  

 

El 10 de diciembre de 1901, el enfermero jefe del hospital de Heiden, al este de Suiza, llamó a la puerta de un paciente, un señor de barba blanca y carácter complicado, que jamás abandonaba su habitación y no quería ver a nadie. 

—¡Señor Dunant! ¡Le ha llegado un telegrama! 

 

El hombre extendió la mano con gesto cansado. El telegrama venía de Noruega, pero estaba escrito en francés. “El Comité Nobel tiene el honor de informarle que se ha concedido el Premio Nobel de la Paz 1901 a D. Henry Dunant y Frédéric Passy”. 

Mientras el enfermero aplaudía de alegría, Henry Dunant callaba. Contempló el desorden de su habitación atestada de papeles, libretas, pilas de libros y periódicos. 

En un instante, su vida y calamidades pasaron por delante de sus ojos. Por fin podría despojarse de su cruz. El día de la venganza había llegado. 

 

Cincuenta años antes, nada parecía poder frenar el ascenso de este intrépido ginebrino llamado Henry Dunant. Lograba el éxito en todas sus iniciativas, tenía un olfato fuera de lo común que le hacía ser consciente de las necesidades de su tiempo y del devenir de las cosas. 

Con 22 años, con una fe cristiana que movía montañas fundó un pequeño grupo religioso con dos o tres amigos de su ciudad natal, Ginebra capital del protestantismo calvinista. 

Se reunían y rezaban una vez a la semana en una habitación con poca calefacción. Dunant oyó hablar de otros jóvenes cristianos que, en Francia, Flandes y Holanda, hacían lo mismo: jóvenes que sacaba tiempo todas las semanas para reunirse, al igual que ellos, y hablar con Dios. 

Dunant les escribió y ellos le respondieron. Fue a verlos: lo recibieron como a un hermano, en Montpellier, Bruselas, Ámsterdam. De carta en carta, de contacto en contacto, tejió los lazos de una comunidad, hasta entonces, inexistente. 

Agosto de 1855: los jóvenes se dirigían en pequeños grupos hacia la rue Royale, en París. Venían de todas partes. No hablaban el mismo idioma, pero se saludaban con un gesto amistoso o una palmadita antes de adentrarse en un edificio. La tarde siguiente se fundaría en París la Alianza Universal de la Asociación Cristiana de Jóvenes, y nacería un movimiento que hoy cuenta con 45 millones de socios en todo el mundo, más conocido por sus siglas en inglés: YMCA. 

En la foto de la conferencia, reconocemos a Dunant entre los fundadores. Gracias a su tenacidad como corresponsal, contribuyó a la expansión del movimiento en Europa. Pensaba a lo grande, a escala universal y, por el momento tenía éxito. 

Tras una educación mediocre, Henry Dunant se encontró empleado en un pequeño banco de Ginebra. ¡Él, que soñaba con grandes viajes, grandes proyectos! Sentado junto a la ventana que da al patio, inclinado sobre una amplia zona azul. 

—¡Señor Dunant! El Sr. Sautter de Bauregard pregunta por usted. 

“¿Qué puede querer de mí el jefe?”, se preguntaba Dunant mientras subía las escaleras. 

El conde Sautter fue al grano: 

—Conoce nuestro compromiso con las colonias de Sétif, en Argelia. Una docena de familias suizas están listas para partir. Le dejo a cargo de asegurar que todo esté listo para que sean bien recibidos allí. 

Al cerrar la puerta detrás suyo, Henry se emocionó. ¡Marcharse, irse! ¡Lejos! ¡Por fin! 

Al llegar a Argelia, Dunant quedó deslumbrado. ¡Qué país tan prometedor! ¡Qué de riquezas por fomentar! Después de llevar a cabo otras dos misiones por cuenta de sus empleadores, Dunant decidió intentarlo por su cuenta. Compró una parcela de terreno y construyó un molino harinero, y por supuesto no se detuvo ahí. 

Pero las autoridades administrativas, tanto argelinas como francesas, fueron bastante hostiles. ¿Por qué habrían de favorecer a aquel suizo ambicioso, en detrimento de los argelinos o los colonos franceses? Durante cinco años, Dunant llamó a todas las puertas para obtener hectáreas, agua y las concesiones necesarias para el desarrollo de su empresa. Hasta que tuvo que enfrentarse a los hechos: no obtendría nada de los subalternos. Entonces decidió sacarse el último as de la manga: el Emperador. 

 

La antesala del infierno 

En aquel momento, Napoleón III estaba en Italia librando una guerra contra los austriacos. Pero cuando a Dunant se le metía algo en la cabeza, nada podía pararlo. 

En junio de 1859, las condiciones climáticas en Lombardía eran terribles. Los caminos estaban en mal estado y los vados sumergidos. Tras un viaje de varios días, Dunant llegó a Castiglione el 24 de junio. ¿Por qué Castiglione? Porque el Emperador todavía estaba allí el día anterior. Pero la casualidad le deparó algo bastante diferente a lo que andaba buscando. A pocos kilómetros de distancia, en Solferino, acababa de terminar una de las batallas más sangrientas del siglo. 

La antesala del infierno: es lo que Dunant descubrió al salir de su descapotable, con un traje blanco muy deslucido por el viaje. 

Los heridos llevaban toda la mañana entrando y saliendo de Solferino a pie, cargados a la espalda o en carros tirados por mulas. La ciudad se transformó en un hospital al aire libre donde la sangre enrojecía las alcantarillas y los médicos estaban abrumados. 

Dunant se olvidó de Argelia, del emperador y de sus molinos. Se situó junto a los heridos. El caos estaba en su apogeo: no faltaba agua ni comida, pero los heridos morían de sed; había suficientes vendas, pero faltaban manos para ponerlas en las heridas. Dunant se contentó con hacer lo que su compasión y su fe le dictaban: los curó, calmó su sed, los consoló y rezó. 

Al caer la noche, trató de quedarse dormido en una habitación que encontró en un palacio cercano. Fue en vano. No eran solo los cuerpos mutilados ni las miradas suplicantes lo que le mantuvieron despierto hasta la mañana; sino la escandalosa improvisación de la ayuda, a pocos kilómetros de la zona de combate. ¿Cuántas vidas más costaría aquella desorganización? 

 

Dunant solo permaneció tres días en Castiglione, pero la experiencia le marcó de por vida. A la vuelta, escribió un texto en el que describía el desastre que había presenciado. ¿No había forma, durante una época de paz y tranquilidad, de constituir sociedades de socorro cuyo objetivo fuera curar a los heridos en tiempos de guerra, por voluntarios devotos, que trabajaran con celo y estuvieran bien preparados para dicha labor? 

Su Recuerdo de Solferino se publicó tres años después, en 1862. Este libro hizo famoso a Henry Dunant de la noche a la mañana. 

 

De la guerra a la gloria 

“Siento, tanto como militar como príncipe, la más profunda admiración por su obra,” le dijo Federico de Prusia mientras le daba un vigoroso apretón de manos. 

Henry Dunant inclinó la cabeza en señal de reconocimiento. No pudo mantener la transparencia helada de esa mirada azul clara posada sobre él; pero en su fuero interno, estaba encantado. Llevaba 10 días de recorrido itinerante para intentar convencer a los jefes de Estado europeos, a los que había enviado previamente su "Recuerdo de Solferino", de que la idea que expresaba en su libro no era una utopía. Preparar, en tiempos de paz, sociedades de socorro nacionales para prestar ayuda a los servicios sanitarios de los ejércitos en tiempos de guerra. Acordar, un “principio internacional sagrado” tal y como formula en su libro, que protegiera a los equipos de atención sanitaria bajo un emblema idéntico para todos. 

—Es posible, es factible, es realizable —martilleó Henry Dunant durante tres semanas a todos sus interlocutores, reyes, príncipes, ministros; es cuestión de voluntad, es cuestión de sentarse alrededor de una mesa. 

Fue tan convincente que, tres semanas más tarde, 31 delegados venidos de 16 países distintos se reunieron en Ginebra para fundar la organización que más tarde llevaría el nombre de su emblema: en octubre de 1863, nació en Ginebra la Cruz Roja Internacional. 

El viejo general Dufour, venerado en Suiza, abrió la primera sesión del congreso que se celebró en Ginebra en agosto de 1864. “Solo deseamos una cosa: la neutralización de las ambulancias y del personal sanitario entre los combatientes”, reclamó. En esta ocasión no eran solo simples delegados los que se encontraban en el ayuntamiento, sino los primeros ministros y diplomáticos de 16 estados europeos, a fin de cerrar el tratado. 

Algunos días más tarde se firmó a orillas del lago Leman la Convención de Ginebra. Proclama la “neutralización” de los servicios de socorro gracias a la protección de un emblema, idéntico para todos, “una cruz roja sobre fondo blanco”, al contrario que la bandera suiza a la que quiso rendir homenaje. Este tratado no ponía fin a las guerras, por supuesto, pero limitaba sensiblemente los daños. 

Mientras los delegados firmaban el documento, Dunant cerró los ojos. Vio en la iglesia de Castiglione al soldado de 20 años que expiró en sus brazos, por falta de recursos inmediatos. Sin este recuerdo obsesivo, ¿estarían todos esos señores allí? 

Una representación española estuvo entre las catorce naciones que asistieron a la Primera Conferencia Internacional. Fue la séptima nación que en 1864 se adhiere al I Convenio de Ginebra. La Cruz Roja se organiza en España bajo los auspicios de la Orden Hospitalaria de San Juan de Jerusalén y es declarada “Sociedad de Utilidad Pública”. 

Mientras los soberanos europeos lo saludaban ya como el “benefactor de la humanidad", las bombas resonaban en Argelia. Los negocios de Dunant empezaron a ir mal. Había aceptado inversiones colosales para sus molinos, después para los bosques y después para canteras que se preveían ruinosas. Sus accionistas se impacientaron; su situación se volvió crítica. Se arriesgó aún más. Acabó por vender una cantera de mármol cuatro veces más cara que el precio de adquisición. Su comprador, que se declaró en quiebra, se volvió contra él. La suerte está echada. No va más. 

En mayo de 1867, Henry Dunant, el ginebrino que todo lo había conseguido, fundador de la Cruz Roja y propulsor de la Convención de Ginebra, fue declarado sospechoso de bancarrota fraudulenta. Su familia estaba arruinada, sus acciones perdieron ingentes cantidades de dinero. ¿Qué podía hacer? 

 

La miseria vestida de negro 

Ese mes de mayo de 1867, Henry Dunant huyó de Ginebra para no volver jamás. Se dirigió a París, donde un llamamiento por parte de la emperatriz Eugenia le hizo esperar una recuperación de la estima. Conmovida por el hundimiento reciente de un navío italiano, le pidió que extendiera la protección de los heridos a las víctimas de las batallas marítimas. 

—¡Por desgracia, Majestad mi misión personal ha terminado y ya no puedo…! 

—¡No! ¡Es necesario que sea usted!— le interrumpió la emperatriz señalándole con su dedo autoritario. 

¡Qué bálsamo para su corazón supuso aquella orden imperial! Dunant le prometió intentar satisfacer su petición, pero sabía que nunca iba a obtener nada de Ginebra. Un mes más tarde, de forma seca, Gustave Moynier, presidente de la Cruz Roja internacional, le rogaría que dimitiera del Comité. En el mismo seno de la organización que él había fundado, Henry Dunant ya no era nadie. 

El Gran Hotel de Bade, donde se había instalado, ya no estaba al alcance de sus medios. Se trasladó a Faubourg Saint-Antoine, un barrio más bien pobre de París donde prohibió que nadie fuera a visitarlo. Es cierto que, para los círculos ultra chic de la Cruz Roja francesa, él seguía siendo el “presidente honorario”. Pero, ¿cómo seguir frecuentando una sociedad que te condena? Repasaba los cuellos de la chaqueta con tinta, blanqueaba los manguitos con tiza, porque el servicio doméstico le había cerrado la puerta en las narices. 

“La miseria vestida de negro”: así recordaría Dunant sus años parisinos, después de haber sido el ídolo de príncipes y reinas. 

 

Horrorizado por los excesos de la Comuna, le cogió manía a París. En el verano de 1872, una organización benéfica británica le invitó a dar una conferencia en Brighton. No se lo pensó dos veces y se marchó. 

Dos semanas más tarde, mientras defendía la causa de los prisioneros de guerra en el Pabellón Real de Brighton, una dama elegantemente vestida escuchó con atención. Al final de la conferencia, fue a felicitarlo y añadió aparte: 

—Ha sido el emperador, desde su exilio en Chislehurst, el que me ha recomendado que venga a escucharle. 

¡El emperador! A Dunant le llegó al corazón. En ese instante se estableció un vínculo que sacó a Dunant de apuros durante los 10 años siguientes. 

¿Amor? ¿Amistad? Nadie sabe qué pasó exactamente entre Henry Dunant y Léonie Kastner. Diez años más joven que ella, tan pobre él como rica ella, Dunant sin duda fue su caballero andante, su amigo en los malos tiempos. Gracias a ella, Dunant escapó de la miseria y pudo comenzar a consagrarse a los proyectos que le llegaban al corazón: el estado de los prisioneros de guerra, el arbitraje internacional para prevenir conflictos. Proyectos nobles, ambiciosos. Pero que no tuvieron éxito. La buena estrella de Henry Dunant había dejado de brillar. 

La ambiguedad de esta relación sería su final , en una época en la que la compañía de un hombre y una mujer no podía concebirse fuera del matrimonio. Sin dramas, Léonie Kastner y Henry Dunant separaron sus destinos a finales de la década de los 80 del siglo XIX. La Sra.Kastner moriría poco después, sin dejar ni una línea para su amigo en su testamento. 

La pequeña renta de un previsor tío suyo salvaría a Dunant de un final miserable. Pudiendo sobrevivir con escasez, pero decentemente, se paseaba de balneario en balneario para tratar sus eczemas, sus nervios y su estómago. No se encontraba bien en ninguna parte, rabioso aún por haber sido olvidado por el mundo. Hay que decir que en Ginebra, la Cruz Roja se esforzó mucho por borrar el nombre de su fundador, manchado por el oprobio de su bancarrota. Fue un anciano de barba blanca, amargado y debilitado el que se presentó en 1892 en el asilo de una estación balnearia muy popular entre los alemanes: Heyden, en el extremo este de Suiza. 

 

Un regalo del norte 

Hacía ya 10 años que el carácter de Dunant no mejoraba. La amargura de su brutal expulsión de la Cruz Roja se fue transformando poco a poco en odio. Su misantropía se agravaba todos los días: cuando el presidente de la Confederación Suiza anunció su visita, le respondió que dormía con los puños cerrados. 

 

Pero he aquí que, en 1896, un rico industrial sueco, Alfred Nobel, muere dejando una fuerte suma en favor de un premio destinado a honrar a los artífices de la paz. Por esa inconsciencia que le valió tanto el éxito como rotundos fracasos, Henry Dunant, se pone a la cabeza en la lista para obtenerlo. Para cualquiera encerrado cuatro años en un asilo, era una decisión muy osada. Pero nada detendría a un hombre que soñaba con la revancha. 

 

Desde 1897, Dunant orquestó una batalla increíble gracias al apoyo de una amplia red de admiradores por Europa. Su golpe maestro fue la publicación en alemán de la historia de la Cruz Roja escrita por él mismo, pero publicada bajo el nombre de su traductor para infundirle objetividad. En ella se reafirma no solamente como el principal fundador de la Cruz Roja, sino como pacifista militante. 

La campaña duraría cuatro años, al final de los cuales Dunant obtendría finalmente el Nobel, pero compartido con otro premiado, el economista francés Frédéric Passy. En 1901, nueve años antes de su muerte, Henry Dunant volvería a ser aclamado, venerado y compensado. 

El hombre que la historia honra hoy como fundador de la Cruz Roja, solo le consagró, en realidad, cinco años, entre la concepción de la idea en Recuerdo de Solferino y su expulsión en 1867. El resto de su vida, Dunant se debatió entre la humillación, la miseria, las calumnias, el expolio de su obra y, finalmente, el olvido. 

Resucitado in extremis en su prestigio de benefactor de la humanidad, Henry Dunant pedirá antes de su muerte, ser incinerado “sin ningún tipo de ceremonia”. Sus deseos fueron respetados y el 2 de noviembre de 1910 fue enterrado en Zúrich sin servicio religioso. Era el día de los difuntos. Un día helador de densa bruma. Su viacrucis había terminado. 

Doctora en letras y licenciada en ciencias políticas por la Universidad de Ginebra, Corinne Chaponnière es periodista y autora de varios ensayos como "Le mystère féminin" y "Les quatre coups de la Nuit de cristal". Con información adicional de www2.cruzroja.es 

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