Cerca de casa

Los destinos turísticos más especiales no siempre están lejos.

Los redactores

 

Vistas a los viñedos de Stuttgart

Por Michael Kallinger

Redactor, edición alemana

El no poder viajar tan lejos como me gusta normalmente ha tenido también su lado positivo: estoy descubriendo lugares más cerca de casa. Uno en particular, la Capilla Sepulcral, en la colina de Württemberg, en las afueras de Stuttgart, se ha convertido en mi nuevo destino favorito. 

La estructura neoclásica fue construida en 1824 por el rey Guillermo I como última morada para su esposa, Catalina. Está situado en el distrito de Rotenberg, en el valle de Neckar, a 411 metros sobre el nivel del mar, a pocos kilómetros de mi casa en la vecina ciudad medieval de Esslingen. Me encantan sus maravillosas vistas de los numerosos viñedos de Stuttgart, donde se produce Riesling, Pinot Noir y los tradicionales vinos tintos de Trollinger. Pero también puedes mirar hacia el sur y ver las fábricas junto a la sede mundial de Daimler AG, el Museo Mercedes y la torre de televisión de Stuttgart, todos ellos monumentos ilustres de la capital del estado de Baden-Württemberg que ilustran perfectamente la diversidad de Stuttgart.

En un edificio de la capilla hay un pequeño restaurante que sirve especialidades de Schwaben como el maultaschen (pasta rellena de carne y espinacas), ensalada de patatas y pastel de manzana. También hay una taberna al aire libre, pero debido a que sólo tiene una vista limitada del valle, muchos visitantes piden una copa de vino local y se dirigen a la extensión de hierba que domina los viñedos para disfrutar de la vista, mientras que la capilla detrás de ellos se eleva por encima del paisaje. 

A mi esposa y a mí nos gusta dar un paseo de 15 minutos en nuestras bicicletas eléctricas por los viñedos hasta este lugar especial; es una maravillosa escapada desde nuestra casa familiar los sábados o domingos por la tarde. Con una copa de vino o un cóctel Aperol Spritz, a veces nos quedamos para ver la puesta de sol tras la torre de televisión al otro lado del valle. 

Incluso podemos imaginar que estamos contemplando las colinas de la Toscana en Italia, en lugar de un valle densamente poblado en Alemania. No puedo pensar en nada más agradable que esté tan cerca de casa.

 

El paisaje más típico holandés 

Por Paul Robert

Redactor, edición holandesa

Hay un lugar donde siempre me detengo para disfrutar del paisaje cuando voy en bicicleta: Está a orillas del lago Markermeer, a unos 15 kilómetros (un paseo de 40 minutos) de mi casa en Almere. Tomo un sendero a lo largo del dique junto al lago, y en un lugar concreto, me bajo de la bici y subo al dique. Para mí, este lugar es el mejor paisaje de Holanda, y abarca la historia de mi país. 

Subidos al dique podemos experimentar realmente lo que la palabra Netherlands - "Países Bajos" significa. Por un lado, podemos observar el Markermeer a nivel del mar, y por el otro el inicio de las tierras más bajas en las que los holandeses sólo podemos mantener nuestros pies secos drenando millones de litros de agua diariamente. Solían ser nuestros famosos molinos de viento los que bombeaban este agua, hasta que fueron reemplazados por estaciones de bombeo accionadas por motores.  

El dique en el que me detengo está rodeado de sauces; en los días cálidos son un respiro umbrío donde pueden cobijarse las vacas y las ovejas. En la distancia puedo ver el Castillo de Muiderslot (ahora llamado Castillo de Ámsterdam para atraer a los turistas de la capital a 10 kilómetros de distancia). Se encuentra a la entrada del pequeño pero importante río Vecht y fue construido como estructura de defensa, pero también para recaudar impuestos. Su habitante más famoso, el juez P.C. Hooft, recaudador de impuestos del siglo XVII, fue un importante intelectual. Poeta e historiador, trabajó en la gramática para construir el idioma holandés oficial que reemplazó a una amalgama de dialectos. 

El castillo fue restaurado en el siglo XIX, y tiene un aspecto espléndido. Recuerdo ir allí de niño con mis padres, y con compañeros de clase como parte de nuestras lecciones de historia. Contemplaba su colección de espadas, alabardas y cascos antiguos, fantaseando sobre caballeros en combate, pero sin comprender a esa edad el significado histórico de este lugar.

A la derecha, a lo lejos, está la pequeña isla de Pampus, que fue la isla destinada a la cuarentena del puerto de Ámsterdam en el siglo XVII. Si alguien estaba enfermo en uno de los barcos entrantes, el barco se ponía en cuarentena frente a Pampus durante semanas. Todavía tenemos una expresión holandesa para cuando alguien está extremadamente cansado y dormido: "Está en Pampus"

Cuando estoy en la propia Ámsterdam, realmente no siento su historia, probablemente porque es donde nací y me crié. Para mí, los espléndidos canales de la ciudad y las casas únicas son el paisaje de mi juventud, de mi hogar. Pero la hermosa escena que contemplo durante mis paseos en bicicleta por el Lago Markermeer me hace hiperconsciente de la historia de ese hogar.

 

Por encima del lago Ginebra

Por Stéphane Calmeyn

Editor, edición en francés

Hay un prado que parece sobrevolar el lago Ginebra, en lo alto de Montreux. Voy siempre que puedo; el paisaje es tan elocuente y relajante, tan suizo. Cuando era niño, iba allí cada mes de mayo con mi madre, mi hermano menor y mi abuela para coger narcisos. Junto con nuestro perro de montaña bernés, ascendíamos desde la ciudad en el pequeño tren cremallera, y luego teníamos que caminar un poco. 

Mis padres habían dejado Bélgica unos años antes para instalarse en Suiza, y todos los años, mi abuela venía de Bruselas para pasar un mes con nosotros a orillas del lago Ginebra. Para ser honesto, en esa época mi hermano y yo teníamos otros intereses aparte de recoger flores, pero nos alegrábamos de pasar el día con nuestra abuela, que, a su vez, estaba feliz de estar con nosotros.

Salíamos a los pastos animados por la misma tarea. "No tiréis de los bulbos" nos advertía nuestra madre, "¡o las flores no volverán a crecer!" Mi abuela estaba más concentrada que nosotros; agachada, recorría con sus dedos la hierba a nivel del suelo, eligiendo cuidadosamente las mejores flores. Observándola desde lejos, no sabíamos que nos estaba enviando un mensaje: Que la felicidad está en todas partes, al alcance de la mano. Ya ves, mi abuela era ciega. No podía maravillarse con las vistas, pero disfrutaba de la felicidad de la vida.

Había tenido que esperar mucho tiempo para encontrar esa felicidad. Cuando tenía 70 años, dijo, "Tuve una infancia feliz, con unos padres amorosos, así como lo está siendo mi vejez con vosotros. Pero entre medio..." No entró en más detalles, pero sabíamos que se refería a las privaciones de la guerra y la vergüenza de las actividades de su marido en el mercado negro, incluso mientras ella formaba parte de la resistencia. Mi abuelo había renunciado a su honor, mientras su esposa se ocupaba de alimentar a sus hijos con cupones de racionamiento y verduras del jardín, todo mientras ponía de su parte en la defensa del país. 

Llegó la Liberación, pero su marido indigno la maltrató durante dos décadas hasta su muerte. Más tarde, perdió la vista, así que, en esas visitas a Suiza, el perfume de los narcisos aún tenía más valor para ella.

Cuando bajábamos de los prados, cada uno llevaba su ramo. La abuela nos animaba a colocarlos en el herbario para secarlos y conservarlos. Todavía los tengo. Me parece que es lo más preciado que conservo.

 

Dos plazas especiales en España

Por Natalia Alonso

Redactora, edición en español

Me encanta explorar lugares en mi propio país. Uno de los lugares favoritos de mi familia en verano es un grupo de islas situadas en el noroeste español, cerca de la frontera con Portugal. Cuando vamos a la Isla de Ons, es como si hubiera llegado al final del mundo. De hecho, Finisterre que significa el final de la tierra, se encuentra a unos pocos kilómetros a lo largo de los escarpados acantilados de la llamada "Costa de la Muerte". 

Llegamos a la isla en ferry, desembarcando en el pequeño puerto de Ons. No hay coches ni carreteras, así que tomamos uno de los varios senderos que conducen a algunas hermosas playas con agua azul muy fría pero cristalina, en caso de que los niños y yo nos atrevamos a bañarnos. Podemos continuar el camino hacia el faro, o hacia los miradores entre los que se encuentran el Mirador de Ferodentos. Su círculo de piedra fue construido hace sólo unas décadas, pero me da la sensación de tener años de antigüedad.

Otro lugar especial en la isla es el Buraco do Inferno, o Agujero del Infierno. Es una cueva de granito con una entrada al mar que se dice que son las puertas del infierno: se pensaba que el rugido de las olas combinado con los gritos de las aves eran las almas en pena.  

Visitar la Isla de Ons es como viajar atrás en el tiempo, cuando la único alma viviente aquí era el encargado del faro. Aquí puedo olvidarme de los problemas de la vida moderna.  

También me encanta el teatro romano de Mérida, Extremadura, al suroeste de Madrid donde resido. Mérida era la antigua ciudad romana de Emerita Augusta, fundada en el año 25 aC, y está llena de yacimientos arqueológicos. Uno de los más famosos es el Anfiteatro Romano, donde normalmente se celebra el Festival de Teatro Clásico de Mérida cada verano. En las noches calurosas puedes disfrutar del aire fresco al mismo tiempo que del teatro. 

Mientras esperas a que comience la obra, te empapas del ambiente. Me alucina que este lugar se remonte al año 8 aC, y que fuera el recinto donde se enfrentaban gladiadores y fieras salvajes. Allí sentada, sobre esas piedras, casi puedo sentir que Julio César está allí también, decidiendo qué gladiador vivirá y cuál morirá. Me dan escalofríos. 

Los europeos somos afortunados de estar rodeados por la historia del Viejo Mundo. En España, parece estar en todas partes. Visitar el anfiteatro de Mérida me hace valorarlo aún más.

 

En el Oasis de Londres

Por Alex Finer

Ex redactor, RD Europa

Hampstead Heath, a veces descrito como el pulmón de Londres, se encuentra a sólo 6 km del centro de la ciudad. Sus praderas y bosques montañosos cubren 325 hectáreas, y la zona ha disfrutado de la presencia de asociaciones artísticas y literarias durante mucho tiempo. En 1819, por ejemplo, cuando Hampstead todavía era un pueblo, el renombrado pintor de paisajes John Constable caminó por Heath haciendo bocetos de las nubes. El mismo verano, otro residente local, John Keats paseaba con amigos por allí escribiendo poemas como "Oda a un ruiseñor". 

Heath conserva su atractivo. Hay una vista impresionante del skyline de la ciudad desde la cima de Parliament Hill donde la gente viene a volar cometas, de picnic, y en ocasiones a maravillarse ante un eclipse. —

Vivo en Londres, cerca de Heath. Tengo muchos árboles favoritos allí, pero ninguno tanto como la Sequoia sempervirens que habita en un lugar especial cerca de uno de los muchos estanques. Y es porque fui yo quien plantó esa secuoya una noche hace varias décadas cuando apenas era un retoño.

Sucedió así. Mi esposa, Linda, es de California, donde las secuoyas crecen a una altura de 100 metros y pueden vivir durante más de mil años; las ves en bosques en algunas partes de la costa del estado. Linda encontró un vivero en Gales, en el oeste del Reino Unido, que abastecía dicha especie y podía llevarnos un retoño a nuestra casa de Londres. 

Pero no podíamos plantarlo en nuestro pequeño jardín. Así que una noche oscura y tormentosa en 1976, pala en mano, salí sigilosamente hacia Heath con nuestro pequeño retoño en una carretilla. Escogí lo que pensé que era un lugar discreto junto al estanque, donde podría permanecer oculto y beneficiarse de estar cerca del agua.

Desde esa noche el árbol ha sobrevivido a muchas amenazas. En los primeros años, temíamos que lo confundieran con un árbol de Navidad y lo cortaran. Un invierno, el peso de la nieve dobló su follaje de la parte superior y amenazó con partir la copa. Sacudimos la nieve, que nos cubrió cuando cayó; un recordatorio de ese día es un ligero corte en el tronco. En otra ocasión, me uní a una excursión guiada por los árboles de Heath, y estuve a punto de reventar y contar los orígenes de la secuoya, pero me mantuve en silencio después de que nuestro guía experto desdeñara lo que era para entonces un adolescente de siete metros como un "árbol foráneo". Nos negamos a sentirnos avergonzados ante su crítica mordaz hacia quien tuvo la idea de plantarlo. 

Ahora han pasado 45 años y los guardaparques que cuidan Heath siguen sin saber cómo llegó esta secuoya hasta allí. Sin embargo, ellos y los senderistas de fin de semana lo aceptan por la belleza que emana, aceptando su lugar entre el haya nativa, el abedul, y los robles veteranos que dominan el paisaje. 

Camino por Heath cada mañana y me detengo para presentar mis respetos. Doy una palmada en la corteza roja y esponjosa. Linda y yo ya no podemos unir nuestras manos alrededor de la circunferencia del tronco. Esperamos que los nietos de nuestra hija puedan contemplar nuestra Sequoia sempervirens sin peligro el próximo siglo, ya que crece cada vez más y más
hacia el próximo milenio.