El increíble Cuerpo humano

Vías rápidas de sangre, un sistema inmunitario que semeja un fornido guardaespaldas, huesos en constante reparación… el cuerpo humano es una obra maestra de diseño.  

 

DOCTOR Travis Stork 

ilustraciones: Bryan Christie 

 

 Pasa la página y sigue dos historias paralelas: 1) las proezas que el cuerpo realiza a diario y 2) los avances médicos que lo ayudarán a estar sano. 

 

 

Se regeneró el 0, 03 % de tu esqueleto.

Tus huesos —fuertes como el acero, pero ligeros como el aluminio— no son un simple armazón calcáreo. Son tejidos vivos provistos de vasos y nervios. Se reparan y reconstruyen constantemente. En los adultos, cada año se renueva alrededor del 10% del esqueleto. Los huesos también son un buen ejemplo de deterioro por desuso: a quien se fractura una pierna y se queda inmóvil varias semanas, se le contrae el esqueleto; pero vuelve a estirarse y a coger volumen una vez que la persona empieza a andar y hacer ejercicio de nuevo. 

 

Tuviste como 20.000 pensamientos.

Imagina 100.000 millones de neuronas, cada una de las cuales emite un impulso (se comunica con otras) de 5 a 50 veces por segundo. Los impulsos viajan hasta a 435 km/h, velocidad que te permite, por ejemplo, ver un objeto y saber en el acto que 1) es un gato, 2) es anaranjado, 3) te recuerda a Garfield y 4) Garfield era tu cómic favorito de pequeña.

 

Ni te sobrecalentaste ni te congelaste.

Tu termostato interno, situado en el hipotálamo, es un portento de ingeniería. Ante un cambio de tan solo 1°C, tu cuerpo hace ajustes que te salvan la vida. Si tu temperatura sube demasiado, los vasos sanguíneos de tu piel se dilatan para disipar el calor; y, si baja, se contraen y tus glándulas sudoríparas se desactivan. Si tu temperatura interna desciende a 36°C, quizá tu cuerpo empiece a temblar para generar calor. 

 

Tu corazón latió de 60 a 100 veces por minuto.

¡Imagina ejercitar los bíceps a ese ritmo: 100.000 veces al día y hasta 3.000 millones de veces en una vida media!. Otra cosa increíble del corazón es su capacidad de adaptación a nuestro grado de actividad. Durante un ejercicio físico intenso, más del 70% de la sangre que impulsa el corazón irriga los músculos que están trabajando, y solo el 20% cuando estamos más quietos. Los vasos sanguíneos puestos uno tras otro alcanzan unos 160.000 kilómetros de longitud, y cada día el corazón impulsa a través de ellos unos 7.570 litros de sangre.

 

Respiraste 25.000 veces sin pensarlo.

Si tuvieras que pensarlo, no podrías hacer otra cosa, ni siquiera dormir. Así que agradece a tu tallo cerebral que haga de respirar una función automática. ¿Sabes por qué necesitas inspirar y expirar tanto?. Porque los humanos tenemos un metabolismo muy activo. En reposo, necesitamos 250 ml de oxígeno por minuto, y los pulmones son perfectamente capaces de procesar semejante cantidad de oxígeno. Contienen unos 300 millones de sacos de aire microscópicos, los alveolos, que juntos ofrecen la superficie necesaria —equivalente a media cancha de tenis— para que el oxígeno entre en el cuerpo y el dióxido de carbono salga. 

 

Fabricaste hasta 3 millones de glóbulos rojos por segundo.

Los glóbulos rojos cumplen una de las funciones esenciales de la sangre, llevar el valioso oxígeno a todas las células del cuerpo, y deben su color rojo a la proteína hemoglobina.

 

Te cortaste sin desangrarte ni contraer una septicemia.

El cuerpo corta la salida de sangre formando un coágulo. Si entran bacterias por la herida, en seguida acuden glóbulos blancos a destruirlas. Los mastocitos, células del sistema inmunitario, liberan histamina. Esto hace a otras células luchar contra las bacterias. 

 

Los riñones limpiaron y reincorporaron a la circulación casi 200 litros de sangre.

Es tres veces el volumen de gasolina que le cabe a un coche mediano. Para apreciar en toda su magnitud la maravilla de los riñones, basta ver a un enfermo de insuficiencia renal sometido a hemodiálisis. Necesita una máquina del tamaño de una nevera para que le filtre la sangre, restituya el equilibrio de electrolitos y elimine los desechos. Tu cuerpo hace todo eso con dos órganos pequeños. Los riñones también ayudan a mantener la hidratación adecuada. Cuando bebes mucha agua, excretan más y, cuando estás deshidratado, retienen todo el líquido posible.

 

Moviste 100.000 veces los músculos con que enfocas los ojos.

Es un ejercicio equivalente a una caminata de 80 kilómetros.

 

Parpadeaste 15 veces por minuto, o 15.000 veces en las horas de vigilia.

Esto lo haces de forma automática para protegerte los ojos y sacudirte el polvo. Aún más increíble: tu cerebro no deja que te pierdas nada al parpadear. Suple la información que falta para que no te des ni cuenta de que cerraste los ojos.

 

Produjiste 1,5 litros de saliva.

Cierto, es mucho, pero la saliva es uno de los líquidos más menospreciados del cuerpo. Sin ella no podrías saborear ni deglutir la comida, ni articular las palabras. También es un potente antiséptico: sus enzimas limpian la boca y previenen la caries y las infecciones. Por esta razón los animales se lamen las heridas.

 

Se regeneró el 25% de la mucosa de tu estómago.

En el estómago tienes un líquido potente: ácido clorhídrico, que ayuda a descomponer los alimentos de modo muy parecido a como el detergente disuelve las manchas de la ropa. Es tan fuerte —hasta el grado de disolver el cinc— que tu mucosa gástrica se regenera cada cuatro o cinco días para que el ácido no la corroa.

 

Pudiste morir atragantado muchas veces, pero te salvaste.

La parte posterior de la boca ejecuta una impresionante maniobra de salvamento cada vez que tragas un bocado de alimento o un sorbo de bebida. Cuando te dispones a tragar, el paladar blando sube para cerrar la cavidad nasal (y que no te salga un espagueti por la nariz), y la epiglotis cierra la tráquea (para que el alimento no se vaya a los pulmones). Para que aprecies el arte de deglutir, observa a un bebé mientras le dan de comer una papilla: la saca con la lengua porque aún está perfeccionando el reflejo de tragar, sin el cual probablemente moriría.

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