Humor

Así es LA VIDA

 

 

 

 

 

ANTES DE PODER estar inscrito en el seguro médico que ofrecía la empresa donde trabajaba, debía rellenar un cuestionario. Las preguntas eran muy detalladas y no dejaban nada al azar. Una de ellas decía: “¿Cree usted llegar a necesitar ir a una sala de urgencias en los próximos tres meses?”

 

 

haifeng ji, Estados Unidos

 

 

 

 

 

TRAS SUFRIR UN ACCIDENTE, volví a mi trabajo como profesor llevando un molde de escayola alrededor del pecho que no se notaba debajo de la camisa. Un día estaba luchando tratando de controlar a mi inquieto grupo de bachillerato. Para empeorar las cosas, una ráfaga de viento que entraba por una ventana abierta no paraba de lanzarme la corbata hacia la cara. Pero al menos eso era algo que sí estaba en mis manos controlar: me grapé la corbata al molde de yeso.

 

Funcionó.

 

Los alumnos se quedaron tan sorprendidos que durante el resto del día ninguno de ellos me volvió a dar un solo problema.

 

 

 Paul maddocks, Reino Unido

 

 

 

Un helado día de febrero en la Ciudad de México, las montañas de los volcanes de las cercanías amanecieron cubiertas de nieve. Mi hijo, entonces de tres años, iba de camino a la guardería con su madre, y a ella se le ocurrió preguntarle qué era lo que tenían los volcanes, para ver si el niño respondía correctamente. Tras pensarlo algunos segundos, con rostro serio y muy seguro de sí mismo, mi hijo contestó:

 —Tienen frío, mamá.

 

 Erick Lechuga, México

 

 

 

 Un domingo mi familia y yo nos disponíamos a ir a la iglesia. De pronto, mi hija adolescente apareció en el recibidor de casa con su mejor vestido y unas medias. Lleno de curiosidad, su hermano pequeño, de ocho años, le preguntó por qué se había puesto eso en las piernas.

 —Porque les da un bonito tono bronceado —contestó ella.

 —Pues siento decírtelo, hermanita

 —replicó el niño—, pero tienes un agujero en el bronceado.

 

 Frank Savenye, Canadá

 

 

 

 Cierto día mi marido decidió comprarle un televisor nuevo a nuestra hija pequeña, así que fuimos con ella a una tienda de electrodomésticos en Estados Unidos (nosotros vivimos en una ciudad fronteriza).

Tras revisar juntos varias opciones, la niña se paró frente a una pantalla plana bastante bonita y estuvo por lo menos 10 minutos mirándola detenidamente.

Después dijo:

—¡Quiero ésta! Pero me preocupa una cosa: todos los programas están en inglés, ¡y no los entiendo!

 

Martha Ruiz, México

 

 

 

mis padres se divorciaron cuando yo tenía unos dos años, pero siguie ron llevando una relación bastante cordial. Tanto, que el día de mi boda mi padre levantó su copa para hacer un brindis por los recién casados. Me miró y dijo:

—Espero que vosotros dos seáis tan felices juntos como tu madre y yo lo somos separados.

 

Melanie Franklin, Estados Unidos

 

 

 

En una feria, mi familia y yo veíamos con curiosidad cómo trabajaba un caricaturista. De pronto se acercó una mujer de unos 50 años y se puso a mirar también. Al darse cuenta de que el artista cobraba 15 dólares por una caricatura en color, dijo:

—¿Quince dólares solo porque alguien dibuje mis arrugas?

El caricaturista se volvió hacia ella, observó su rostro por unos instantes, y entonces comentó:

—Pues yo no veo ninguna arruga.

Muy sonriente, la mujer se sentó para que le hiciera una.

 

Margaret Wells, Estados Unidos

 

 

 

Zelda, nuestra perra, suele vagar libremente por el vecindario. Cuando queremos que vuelva a casa, mi padre y yo nos subimos a la furgoneta y no tardamos en encontrarla. Sin embargo, una vez pasamos más de una hora buscándola sin éxito. Temiendo que algún coche la hubiera atropellado, le preguntamos a un vecino si la había visto.

—¿No es ésa, la perra? —respondió, señalando detrás de nosotros.

En efecto, allí estaba Zelda, en la parte trasera de la furgoneta, donde había estado todo el tiempo.

 

J. Bartlett, Estados Unidos

 

 

Había quedado en llevar a mi suegra al médico, pero cuando llegué a su apartamento la encontré charlando con una vecina a través de la ventana. En tono apremiante le recordé la hora de la cita y, tras insistir un poco, ella me siguió hasta el coche. Al acomodarse dentro, dijo:

—Lo siento. ¡Es que esa mujer no dejaba de escucharme!

 

Christine Chapman, Reino Unido

 

 

 

 

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